Un fuerte olor a
azufre me despertó muy temprano. Me levanté entre mareado por el sueño y
asqueado por el aroma. Observé el reloj: ¡las siete de la madrugada, un
domingo!, ¿cómo es que dice ese famoso dicho? “el que madruga Dios lo ayuda”
jaja pero...¿de dónde viene ese olor tremendo? Abro las ventanas y entra un
viento fresco y limpio. Miro hacia la calle y observo de esquina a esquina para
ver si hay gente trabajando con alguna máquina o algo parecido que despidiera ese olor nauseabundo, pero...¡mi viejo!
Lo veo entrar a la boca del subterráneo que hay enfrente de mi casa. ¡Mi viejo!...
¿qué hace acá? Hablé ayer a la noche y... ¿no me dijo nada que iba a venir para
estos lados? ¡Además vive a una hora de viaje!
Bajé corriendo vestido
incoherentemente por el apuro y llegué justo para subir al subterráneo antes de
que se vaya.
¿Tan temprano
abre el subte? Bah, que se yo, como a mí no me gusta nunca lo tomo.
Quién diría un
domingo a las 7:30 y tanta gente viajando como ardilla bajo tierra. Y mi
viejo... ¿dónde está? Me voy a ir pasando por los distintos vagones a ver si lo
encuentro.
No sé si es la
hora pero ¡qué cara extraña tienen todos acá abajo! Están callados, no miran
hacia ningún lugar. Y las manos... es extraño explicarlo... pero parecen todos
campesinos, con la piel reseca y sus uñas llenas de tierra, las ropas sucias y
el pelo revuelto. Encima esta luz amarillenta que inunda los vagones resalta
las sombras y parecen todos caídos en un hueco oscuro.
Sigo buscando a
mi viejo entre los vagones y de golpe, ¡lo único que faltaba!, se corta la luz
e inmediatamente se detiene el tren. Siento que la gente empieza a bajar por
las puertas, que nunca sabré quien abrió, y empezamos a caminar por el túnel
hacia la otra estación. En realidad no veía a los pasajeros que me acompañaban
ni nada de lo que estoy relatando, pero
escuchaba sus pasos sigilosos y la marcha constante. Nadie protestaba, sólo yo
que como única respuesta encontraba el bullicio de sus piernas.
Busco a mi viejo
entre la gente. Lo llamo por su nombre, pero nadie me contesta. El olor a
azufre regresó nuevamente y empezó a bailar con la densidad de este oscuro
paisaje.
Con la linterna
de mi celular ilumino las caras buscando el rostro de mi padre. Me observan
párpados extraños y cansados que ni siquiera les molesta cuando les apunto a
los ojos.
Empiezo a
marearme cada vez más con ese olor que me había despertado tan temprano para
bajar a esta pesadilla del transporte urbano. Desesperado empiezo a pedir ayuda
y a sacudir la luz que partía de mis manos, pero el reflejo sólo chocaba con
paredes repletas de ojos que no respondían. Hasta que apareció mi padre
llenando de luz y calma mi caída en el sueño del azufre.
Desperté
acostado en la estación de subte, rodeado de gente expresiva, cotidiana, que me
hablaban y me hacían preguntas que de a poco fui comprendiendo. Luego de unos
cuantos minutos me levanté sin animarme a contar lo sucedido. No sé
porqué...era como un secreto que mi lengua no podía convertir en palabras. De a
poco la gente se fue yendo al verme repuesto y me encontré solo, con los
recuerdos saltando en mi cabeza como un video clip de rock, con el olor
impregnado en mis manos como única herencia de lo sucedido y los ojos de mi
viejo en la frente. Nunca más lo vi y desde entonces me he quedado escondido en
los túneles del subterráneo varias horas por día, en las mañanas, en las
noches; buscándolo, llorándolo, esperando que llegue ese tren que hace más de
tres años que lo retiene. Porque él todavía no se fue, su mirada me lo dice.
Del
libro “Espejos de mis dedos” editado en 2016

Simplemente es una obra de arte! pero ya te lo había dicho...
ResponderBorrargracias primin. conocés casi todos mis textos. Pero puedo sorprenderte.
ResponderBorrarLocura en lo habitual.... y la nostalgia como colega. Una combinación que lleva a una esperanza tercamente sostenida.
ResponderBorrarMe gustó, no marea ni densas son sus palabras y justamentebme deja esas sabrosas cuestiones.