Cubierto de cristales me desangro como una ventana inútilmente abierta.
Miles de sombras intentan llenar de imagen este pensamiento que nunca
escucharon. Pena les doy porque cubierto de sangre ya no molesto. No duele a
los ojos el cartón inmóvil, pues ya no los refleja el espejo de este rostro que
lentamente se cierra.
Mis heridas vienen creciendo desde el primer llanto hasta romper en esta
frontera casual donde recién ahora observan mis dolores.
Un enjambre de chapas y ruedas ahogan mis palabras… igualmente el
silencio fue la gramática que siempre utilicé. Pero hoy que quiero gritarles,
sin embargo me hundo en esta marea que me duerme.
Desde aquí los veo instalados sobre sus piernas sepultando el cielo con
sus rostros. Y… por primera vez me siento indefenso. La calle no está frente a
mí para darme una salida, ni siquiera un baldío donde saltar hacia el otro
extremo de lo desconocido, siempre mejor. Pero no, sólo encuentro un collage de
ojos que me observan con ternura. Lentamente comienzan a girar y girar y las
lágrimas se vuelven piedras, la ternura se llena de asperezas
mientras yo aquí, acostado, solamente observo.
Sus cuerpos crecen hasta que sus ojos se vuelven pequeños, fugaces,
brillantes, una vía láctea de preguntas que titilan. La calle se hunde en mi
espalda como una flor de huesos buscando humedad en el río de mis venas.
No quiero esta eternidad de consuelos fugaces, no quiero esta
inquisición brillando entre mis sueños. Llegó la hora de huir nuevamente, de
saltar hacia el afuera como hice siempre, aunque las puertas y paredes estén
cerradas debo romperlas, aunque los párpados me aplasten debo traspasarlos. Por
primera vez debo escapar para dejar de correr.
Daniel Poggio
Del libro “Espejo de mis dedos” de 2016

sublime primo!
ResponderBorrarSE AGRADECE PRIMO
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