Uno de mis primeros textos con ganas de cuento.
Una mano
pequeña roza mi espalda y luego se esconde entre los pliegues de la realidad.
Giro buscándola, pero lo único que queda es la duda del tacto que crece en mi
piel como un escalofrío, camina hasta las raíces que aquietan mis piernas y me
llena de telarañas que envuelven mis días.
La sensación se multiplica rasguñando mi hipnotismo
rutinario y despertando constantemente mis sentidos; siempre le doy la
simple explicación de un calambre y sin embargo siento sus dedos al apretarme.
Hay como una
urgencia en ese apretón repentino, una necesidad de comunicación que dura un
segundo, tan solo eso, y sin embargo detiene mi andar y acalambra mi coraza.
Doy vuelta mi rostro y solo encuentro la calle repleta de preguntas. Me toco el
hombro que fue el instrumento comunicador y la sensación continúa, puedo darme
cuenta donde apoyó cada dedo.
El
desequilibrio de las sensaciones me desmenuza la cordura, la mente se deja
llevar sin ninguna barrera que delimite lo irreal. De golpe me encuentro pensando
en lo que puedo ser yo para ese otro ser, me imagino como el filo de un
precipicio resbaladizo que no lo salva.
Miles de
cuerpos que me rodean, pero los que más me duelen son los que no veo. Los
que perduran debajo de mi ser, esos
viajeros que me habitan llamando en silencio a mi tiempo escondido tan adentro.
Siento esa mano
como externa pero a veces su huella me arde en la garganta, me aprieta el pecho
y recién después nace el manotazo que desbarata mi somnolencia ciudadana. No sé
si su brazo se aferra al filo de mi cuerpo o si huye del disfraz que lo cubre
en mí.
Esto que acabo de leer fue escrito en los comienzos de esta sensación
extraña en mi espalda. Como se notará lo asociaba a algo más espiritual, temores, represiones encerradas
en mi mente que intentaban darse a conocer, algún exceso de lectura psicológica, nada que denotara
peligro. En realidad nunca sabré de donde
surge este habitante, lo que sí sé es que los acontecimientos que sucedieron
posteriormente a la escritura de esta prosa casi poética, no serían escritos de
la misma manera. El temor creciente me volvió más frío, pasé del lenguaje
metafórico a buscar pistas como si fuera un detective. Me enloquecía saberme perseguido
constantemente por alguien a quien no podía
observar ni comprender.
Tratando de
buscar el origen de ese llamado construí un mapa de lugares, horarios, qué
parte de mi cuerpo fue más utilizada. Intentaba descubrir una secuencia que
delatara a ese ser mudo e invisible que gritaba por medio de su tacto. Digo ese
ser porque la forma de apoyar su mano, su calor, la sensación que dejaba y
deja en mí, fue parte de su identidad y la manera de decirme que
esa mano era siempre la misma, la izquierda.
El cronograma
me llevó por calles que rondaban el centro de la ciudad. En horarios muy
dispares, pero siempre bajo el rayo del sol. Eran momentos donde la velocidad
de la ciudad devoraba mis ideas. El cemento bailaba con el reloj y me
arrastraba en su danza.
El lugar
corporal de comunicación siempre fue a partir de mi hombro. Pero desde sus
comienzos, hace ocho años, hasta el presente había signos de cambio.
Era evidente un
crecimiento acelerado de su cuerpo, si lo tenía, y también de la urgencia.
En un principio
tocaba suavemente debajo de mi hombro, casi sin fuerza, como si estirara el
brazo para llegar a mí. Su llamado era calmo y sin apuro, como queriendo jugar
a las escondidas o simplemente conversar.
A los dos años
la presión sobre mis hombros era de arriba hacia abajo, como cuando tomamos
distancia en la escuela. Pero la fuerza de la presión ya me gritaba la urgencia
de ese llamado. Palabras disfrazadas de calambres caían por mi espalda.
Entre el quinto
y sexto año la palma de su llamado se acercaba a mi nuca, las líneas de su mano
se ahogaban en mi garganta y algo quedaba ardiendo. De adentro y de afuera sus
huellas ya eran iguales, la única frontera era mi mente que no comprendía esta
nueva piel.
Este último año
mi temor creció al darme cuenta que ya abarcaba el hombro en su totalidad, la
nuca y la parte superior de mi cabeza. Ya no tenía horario y se hacía presente
en las noches asustando mi almohada, llamándome cada vez más fuerte y a veces
casi con un golpe, no sé si estaba enojado o simplemente jugando a la mancha.
Luego empecé a
sentir el roce de sus uñas. No llegaban a lastimarme ni a dejarme marcas, pero
mi frente se llenaba de una fría transpiración cuando ellas se apoyaban. Eran
irregulares en su filo, como si se las cortara con los dientes, y me raspaban
tan de golpe que mis ojos se enrojecían y mis manos corrían hacia la supuesta
herida. Siempre me las observaba con el terror de encontrar sangre en ellas.
Pero estaban limpias, calladas. Sin embargo el dolor continuaba en mi cabeza,
se iba hundiendo entre los poros como si fuese devorada por arenas movedizas, y
terminaba su recorrido en la nuca, provocándome
unas tremendas contracturas que latían. Miles de pequeños dedos
incubándose en el nido de mi cabeza, con yemas calientes y punzantes que apenas
se arrastraban.
Hace unos meses
empecé a ir a todas partes con un pequeño espejo. Lo llevaba en el bolsillo más
a mano que tenía. En cuanto nacía el manotazo o amenazaban sus uñas trataba de
observar, aunque sea su imagen. Debía atraparlo, verlo de alguna manera, aunque
nunca pensé como actuaría en caso de sorprenderlo.
Hasta hoy no
pude capturarlo ni con mis ojos. Nunca había nada a mi espalda, ni siquiera una
sombra, un remolino, solo la ciudad corriendo en su locura o algún rostro que
observaba extrañado mi gesto poco común. Lo que más me asustaba al observarme
era la pasividad de la imagen, en mi frente no quedaban marcas ni rasguños, sólo
el ardor me recordaba su paso fugaz.
El terror no me
deja dormir y ya no tengo a quien pedir auxilio. En estos ocho años recurrí a
la ayuda profesional. Médicos, psicólogos,
terapeutas, no lograron detener el avance de sus huellas ni de su violencia. Hice cursos de yoga que lograron
relajar y comprender mi cuerpo, menos el sector invadido de mi hombro. Por medio de un amigo farmacéutico conseguí fuertes
calmantes para adormecer el cuerpo, lo único que logré fue aumentar la
sensación de sus dedos avanzando hacia mi rostro.
Busqué otros
trabajos para cambiar el cronograma que había construido, temía que hubiese un
eje central ubicado entre mi cuerpo y ciertas zonas repetidas en mi itinerario
laboral, una unión de coordenadas que le dieran vida. Los nuevos trabajos eran
cada vez más lejos del centro de la ciudad, viajando varias horas para llegar a
mi casa. Me he mudado tres veces, alejándome cada vez más de mi antiguo hogar.
Hace un año y medio estoy viviendo a 250 Km. de Bs. As., en una zona semi
rural.
Nada sirvió. Su
presencia se hizo constante y durante el día el calor de su palma juguetea en
mi espalda. Más de una vez al intentar hablar con alguien lo he sentido
tironeando de mi lengua.
He pasado a ser
el loco del pueblo por mi forma extraña de actuar. Eso ya no me importa, ni
siquiera temo a que me encierren en un manicomio. Lo que me asusta realmente es
el dominio que está ejerciendo sobre mi cuerpo, no sé si es que ya llegó hasta
mi mente y esta doblegando poco a poco mi sistema nervioso o..., si está
creciendo en mi interior y actuando a su antojo.
Este temor
creciente se debe a varios acontecimientos que se sucedieron en estos últimos
tres meses.
Desde que
comencé a estructurar la investigación sobre los sucesos en mi espalda, yo
tenía la constancia de detallar por escrito todo lo ocurrido durante el día. Me
quedaba hasta altas horas de la madrugada organizando la información con
referencia al mapa que les conté anteriormente. Pero hace ochenta y siete días,
exactamente, que al intentar escribir mis manos se cierran y empiezan a
temblar. Ante la negativa de poder seguir por escrito todo lo que me sucedía,
se me ocurrió buscar un viejo grabador que tenía abandonado en el fondo del
ropero. Y comencé a grabar todo lo que me sucedió, todo esto que están
escuchando.
Nunca fui
fatalista pero desde que mis manos se cerraron he pensado fríamente en lo peor.
En la muerte o en el manejo de mi cuerpo. Antes que mi lengua se endurezca,
como a veces lo siento, debo dejar asentado todo lo ocurrido por si pasa lo
peor. Cuando escucho estas grabaciones sé lo difícil que va a ser que alguien
me crea, que alguien entienda el secuestro de mis sentidos.
Ella tiene el
poder de no ser vista, de no ser comprendida en esta realidad. No hay remedios,
ni armas que detengan su paso implacable. El campo de batalla es mi cuerpo y a
veces dudo si no es también el suyo. Siento la pulseada a punto de caer hacia
el extremo de mi cuello.
He decidido que
en cuanto termine de grabar todo lo sucedido hasta el día de hoy, pegaré con
cinta de embalaje a mi rodilla el cassette. Seguramente tardará en llegar hasta
allí. Me voy a dirigir al psiquiátrico del pueblo para internarme, si pierdo la
batalla no quiero estar solo, quiero testigos que aunque piensen que estoy loco estén presentes para protegerme.
Esta decisión
desesperada la tomé luego de mi ataque de nervios de hoy a la mañana. Al
despertar no pude abrir los ojos, estaban presionados por sus dedos. Empecé a
golpearme el rostro intentando sacar su mano, pero solo logré lastimarme ya
que, como siempre, sentía su fuerza, hasta por primera vez olí su
transpiración, pero físicamente no la encontré. Quedé totalmente ciego y a
pesar de todos los intentos mis ojos no se abrieron. Solo logré rasguñarme todo
el rostro, luego me volqué alcohol en las heridas para ver si el ardor lograba
vencer la fuerza de su presión. Seguí en las tinieblas con la desesperación de
la lucha inútil, con el terror de saber que ya no era mi cuerpo lo que buscaba,
sino mi muerte. Antes creía que su búsqueda era la posesión de mí ser físico,
tener el control de nervios y mente. Pasar a ser el habitante del cuerpo y yo
el ser extraño a su espalda. Pero su odio creciente se transformó en palabras,
pude entender que esa violencia destructora ya no es hacia mí a expensas del
cuerpo.
Con el último
resto de calma he tratado de recordar con detalle el camino hacia el
psiquiátrico. Mis guías serán las paredes y mi memoria la vista. Son diez
cuadras, pero me debo apurar antes que...
Llegó la hora
de terminar la grabación de la cinta. Sé de memoria que es el último botón del
grabador, pero me aterra cortar esta charla. Digamos en realidad monólogo. Un compañero mudo que me escucha sin alejarse
asustado, sin mirarme con los ojos entornados y con una mueca irónica
resbalando en su rostro. La comprensión de sus oídos con sólo tocar un botón.
Pero ahora esa tecla es diferente, es la finalización de nuestro diálogo. La
cinta se va a detener sin conocer mi final. Serán mis dedos los que corten su
vida, los que decidan que no circule más dentro de la estructura de su cuerpo.
Acallar mis palabras en sus oídos y
desterrarlo del papel de intermediario. Dejará de ser el túnel de mis
palabras para pasar a ser el narrador de la historia, el referente de mi
silencio, el abogado de mi locura o quizás el testigo de mi muerte.
El tiempo se acorta al igual que mi aire. Un collar de yemas presiona mi
garganta. Mis párpados se mueven libremente pero sigo en la oscuridad. La vida se me cae detrás de cada respiración y
aunque me duela debo terminar esta charla. Ahora quedo totalmente solo ante mi
última lucha. Ni la herencia de las palabras quedará de lo que suceda. Sólo yo
para contarlo o la nada.
Los dedos temblequean en la botonera del grabador y no se
animan al final. El sonido que produce el constante girar del cassette crece y empuja mi respiración
para que no se detenga. Cuerpo paralelo repleto de mi voz. Gemelo de mi
sufrimiento con lengua de nilón, aterrado de la mano que detenga su andar. Pero
seré yo el que enceguezca su parlante y detenga su respiración.
Extraña unión
que late en mi muñeca. Presiono levemente el último botón sin llegar hasta el
final, al mismo tiempo mi garganta se cierra con la misma levedad. Mi dedo se
desfigura en esta oscura inmensidad y el habitante de mi espalda lo secuestra
para cerrar el aire de mi huida.
Pero ya no
tengo nada que perder y debo cortar esta circularidad con la que juega. Tomar
la posta de mi decisión y descorrer sus huellas de mi mente.
Ahora mismo
pegaré el cassette con varias vueltas a mi pierna para aguantar la corrida más
larga de mi vida. En cinco minutos debo estar en la calle, en veinte... Basta
de pensar.
A dios
compañero, necesito detenerte para seguir. Detesto este final, pero me voy a
luchar para que continúe rodando mi deteriorada cinta. STOP
Daniel Poggio
Dibujo de entrada realizado por mis hijos.

Es un cuentazo!! Logradisimo!!
ResponderBorrarGracias primo. Encima el honor que lo lea tu hija Cata. No habla muy bien de ella. ja
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