“Naranjo del recuerdo”


Sorpresa de la noche, van cayendo los puños

deshojándose están los ojos desnudos.

Pero mañana tu sombra será mi primer escudo.

Naranjo soy yo …quien te nombra.




 Había sido una cuestión de aburrimiento, Genaro hace rato que no sabía a qué jugar. Sus dos hermanos eran mucho más grandes que él. Ya había terminado todas las tareas y se encontraba solo, en el fondo de su casa, pateando contra el arco que hace años su padre le había puesto para que jugara a la pelota. Pero nadie jugaba con él, a veces venía algún amigo pero no muy seguido. “A los nueve años no se tiene tanta independencia para manejarse a su gusto” pensaba Genaro  mientras pateaba con bronca contra el arco. Entonces se cansó y se fue a charlar con su amigo de las alturas, el naranjo. Un antiquísimo frutal que se encontraba en el fondo del terreno de su casa. Genaro siempre, desde los cinco años más o menos, se trepaba a sus ramas y conversaba en voz baja. Protestaba, cantaba, reía e imaginaba. También jugaba, luego de charlar el naranjo se convertía en una nave sideral, donde todo era posible. Lo había acondicionado a su medida y gusto. Acomodó un pequeño almohadón, al que forró con un plástico para que no se mojara, en una de las ramas que pasaría a ser el asiento del conductor. Había conseguido unos enchufes viejos y microcircuitos que había sacado de unos artefactos de sus hermanos,  los puso con clavos a las ramas aledañas a su asiento para ser parte de su comando. Salvaba galaxias, luchaba contra horripilantes androides pero además el niño se sentía protegido, como si tuviera un escudo o brazos que lo cuidaran. Era difícil de explicar pero en sus momentos más feos, de llanto, bronca y hasta de miedo se subía a su naranjo y al rato todo se calmaba. Mientras comía una de las naranjas, cosa que hacía siempre cuando estaba allí, pensaba, discutía y no sabía si era el aroma de esa fruta o la textura del árbol que tanto le gustaba pero todo se ordenaba en su interior. Sin embargo esa noche el naranjo le dio una señal, por lo menos él así lo sintió. Eran las ocho y media de la noche, hacía frío pero, como pasaba siempre, Genaro estaba abrigado con su naranjo. Un extraño silencio se apoderó de la oscuridad. La luna se aferró a una nube y tomó la forma de una boca y desapareció. La noche se cerró y solamente el árbol y sus naranjas brillaban. Para donde él miraba una oscuridad terrible lo aislaba de su hogar. - ¿Habrá por fin levantado vuelo mi naranjo? – pensó. No se animaba a bajar. El aroma de sus naranjas y la aspereza de las ramas que lo protegían eran su único vínculo a la vida. Cerró los ojos, dejó que el aroma lo llenara de bellos recuerdos y bajó hacia la noche de su mundo y su hogar. Pero todo había cambiado para siempre, nunca llegó a pisar el suelo.

Su madre estaba sentada frente al televisor y sintió un aroma a naranjas pasar a su lado. Sin mover su mirada llamó a su hijo – ¡Genaro, ¿dónde estabas?,  ya es muy tarde! – cuando el silencio fue inmenso se levantó para que le respondiera y para que la ayudara a poner la mesa. Lo buscó por toda la casa, les preguntó a sus hermanos y ni la escucharon, como hacían siempre. La madre, cuando comenzó a asustarse por su ausencia fue hasta el  naranjo, el lugar que le faltaba y en el que seguramente se encontraba su hijo. Fue con seguridad a retarlo por lo tarde de la noche y aun jugando en su nave infernal. En el fondo del jardín, detrás del parral  no se encontraba su hijo, tampoco el naranjo. La tierra estaba con pasto, como si nunca hubiera existido un árbol en aquel lugar. El aroma fuerte a naranjas fue el único recuerdo que el viento le regaló. Lo llamó gritando por todos lados, se tiró al piso y con sus uñas rasgó el suelo - ¡¿dónde te llevaste a mi Genaro?, ¿por qué no hay huellas, raíces..?!, ¡¿si hasta hace un rato estaban ambos?!

La madre al entrar a la casa a pedirles ayuda a sus otros hijos comenzó a olvidar el nombre, - ¡ayúdenme desapareció … Gerardo no… Genaro! – la madre, con una mezcla de desesperación y desconcierto en su rostro les gritaba a Roberto y a Flavia, que sentados a la mesa cada uno miraba su celular. - ¡¿Quién mamá?! – le respondió Flavia después de que la madre le preguntara nuevamente. - ¡Genaro, tu hermano! – no sabía por qué pero había duda en sus palabras, estaba segura que buscaba a su hijo pero el nombre empezó a ser extraño. – Mamá, ¿quién?, mi hermano es ese salame que está chateando con la novia – le respondió su hija señalando a Roberto que levantó la mirada sin entender. – Me buscas vieja, estoy acá hace rato – ambos hermanos vieron que su madre dudaba, hablaba extraño y repetía – ¡Genaro, el naranjo, el aroma, el aroma!, ¡Ge… el árbol, se lo llevaron! – y la noche con luna de boca se devoró ese extremo del recuerdo y se convirtió en duda, duda que tuvo que esconder luego de varios médicos, psiquiatras e internaciones. Años de llanto y pastillas que aumentaron su desconsuelo pero no su búsqueda.

¿Genaro había sido un sueño de su infancia que volvía? No, ella sentía su aroma en las manos. Cerraba los ojos y veía a  Genaro jugando entre las ramas del naranjo. La locura no podía ser tan real, no podía tener aromas. Tuvo que acallar la historia de su hijo del árbol. No quería volver a ningún instituto ni arañar árboles  ajenos. Quería su jardín para cuando Genaro volviera. Al regresar del trabajo se preparaba su juguito de naranja y guardaba sus semillas. Ya tenía dos o tres plantines bastantes crecidos. Los escondía porque sus hijos se los destruían por miedo a que volviera la locura de su hijo de los árboles. Pero ya lo había planeado, cuando nadie se diera cuenta ella lo trasplantaría adonde se encontraba el original, el invisible. Habían pasado ya diez años, pero ella sabía perfectamente dónde era, lo tenía marcado con unas piedras. Su única duda es si ella sobreviviría la cantidad de años que tardaría el naranjo en tener ramas fuertes y altas para que Genaro volviera trepado. Mientras cuidaba el retoño de naranjo, en unas hojas de su diario personal dibujaba su rostro. Ella se miraba en el espejo y su hijo aparecía entre sus gestos. “¿Se parecía tanto a mí?” se repetía mientras lo dibujaba. Ponía su sonrisa cuando gritaba arriba del árbol y sus manos manchadas de la naranja. 

¿Por qué nadie lo recuerda?, yo lo siento desde pequeña siendo parte de mis juegos. Además todos huelen su aroma, pasan a mi lado y creen que soy yo y nuevamente temen el regreso de la locura. 

Sólo me quedó esta rama con la que un día me hizo un atrapa sueño. Pobrecito… tan mal hecho que se fue rompiendo, tenía siete años y me dijo “má es de una rama de mi naranjo, de mi nave. Hoy se cayó en mi cabeza y me dije: debe ser importante, un mensaje. Por eso te hice este objeto mágico, porque mi árbol lo es.” 

Se me fue rompiendo y quedó este pequeño pedazo de rama, con su bello aroma… Sé que él está aquí de alguna manera y lleva sus juegos y sueños en él. 

Daniel Poggio 


Cuento que pertenece a una futura novela, por ahora llamada "Candelaria"


Comentarios

  1. Pff si habré viajado y viajado trepado en árboles como ese!!! Impecable Dany, como nos tenés siempre acostumbrados!

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  2. Sí Dari, siempre les cuento a mis hijos de nuestros juegos en los árboles de moreno. Así que sos parte de Genaro también. Gracias.

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