Dibujo realizado por mi hijo Nicolás.
El árbol del silencio devora mi jardín. No es muy
grande, pero con hojas gordas y pesadas, las cuales cubren al tronco que casi
no se percibe. De lejos parece un arbusto pero al acercarse se notan sus
grandes raíces, su madera reseca abrazada por las enredaderas.
Ningún sonido baila en su cuerpo. Los tres sauces, la
santa rita, los cuatro eucaliptos, los dos pinos, el jacarandá y demás plantas
que habitan en el mundo que se encuentra detrás de mi casa, se comunican por
sus intermediarios habituales. Cantan por medio de los pájaros que saltan en
sus ramas, danzan con las abejas que merodean sus flores, por el murmullo del
viento al sacudir sus hojas. Pero este árbol no.
Recuerdo la primera vez que me acerqué a observar su
silencio. Yo era muy pequeño y fácilmente quedé dormido en las telarañas de su
sombra. Al rato mis ojos se abrieron por el destello de unas luces que
lastimaban este dormir sin sueños. Todo el cielo estaba negro y grandes
relámpagos lo cubrían. Una lluvia torrencial convertía a mi jardín en un
barrial pantanoso. Sin embargo ahí abajo, casi abrazado al árbol, no me mojaba,
los sonidos apenas llegaban y no pensaba; un gran vacío se apoderaba de mí. Sólo
observaba y no temía por los rayos, ni el frío, ni a la gente ahí afuera.
Un calorcito subía por mi columna y producía un pequeño
vértigo en mis piernas; una amnesia tranquilizante deshacía los vínculos que
estructuraban mi vida. No recordaba nombres, hechos, ni quién era. Solamente
mis ojos existían, eran el puente por donde penetraba todo lo que veía. Mi
cuerpo era el jardín y cada gota, cada rayo repercutía en la tierra de mis
entrañas, toda la belleza enloquecedora de la naturaleza cabía en el olvido
silencioso que me unía al árbol.
Los oídos estaban mudos, el cerebro repleto de retina,
mí cuerpo no tenía fronteras y ahora la tormenta gritaba detrás de mis ojos.
Unas voces lejanas entretejieron la piel y la mano de
mí padre me empujó dentro de ella.
Toda la memoria de mi vida entró a los golpes,
pisoteando la silenciosa tranquilidad reinante.
Ahora observaba a mi padre con un paraguas en la mano
derecha mientras con la izquierda me tomaba del brazo.
Tardé unos instantes en reaccionar y todavía más en
contestar. La memoria necesitó varios segundos para reconstruir los casilleros
del árbol genealógico, poner los nombres correspondientes y los vínculos que me
unían a ellos. Mi padre pensó que estaba asustado y medio dormido. Aunque no
contestaba me llevó del brazo hacia la casa, con las nuevas raíces colgando de
mi nuca.
Por varias semanas no me animé a volver a los brazos
del árbol. Sin embargo el puente seguía en mi jardín, de un lado la piel
atestada de razones, del otro extremo el silencio sin ninguna explicación.
Intenté devorar el tiempo con los instrumentos de la
sociedad. La escuela, la televisión, los amigos me aferraron al edificio de mis
huesos. Pero en todos esos lugares las sombras de sus ramas aparecían a mí
alrededor. En esos momentos el silencio se atrincheraba en la boca y las
piernas clavaban sus raíces en tierras lejanas.
Esa mitad del puente siempre en mi vida, una
ambivalencia entre la razón y la locura, la memoria y el olvido, un estar
presente repleto de ausencias.
Crucé nuevamente el puente y dejé que la tranquilidad
de sus hojas me desnudara de heridas.
Las visitas al árbol se sucedieron cada vez más
seguidas, con la idea de controlar ese vació de razón que provocaba en mí.
Necesitaba ese descanso atiborrado de belleza, ser ojos sin pensamiento. Pero
siempre el extremo carnal me llamaba con alguna añoranza todavía no olvidada.
Un estremecimiento que sacudía mi memoria y anudaba los tendones del recuerdo.
El silencio vegetal empezó a crecer en el jardín. Pude
observar como otras plantas empezaron a callar. El sauce expulsó a los pájaros
y las enredaderas dejaron de trepar; los pinos silenciaron sus aromas y hasta
el jacarandá dejó de descubrir su cielo. La ventana abría sus ojos para
mostrarme los restos del viejo jardín. La brisa sacudía las cortinas y el aire
estaba salpicado por las voces de mi hogar. El reloj, con su tic-tac constante,
zapateaba sobre mis oídos ordenando mi día.
El árbol, que también me observaba a través de la
ventana, replegó sus flores por debajo de mis venas y se escapó conmigo al
ruido de la vida.
Ahora sí escuchaba las voces del árbol. Rasgaba mis oídos para que penetraran los sonidos de la naturaleza. La savia de su lengua refrescaba el musgo de mi cerebro y cataratas de sonidos envolvían mi cuerpo. Podía escuchar el canto leve del sauce, a la santa rita bailando entre los brazos de los eucaliptos, oí la conversación de los dos pinos y la historia de mi barrio. Mariposas, perros, gatos y pájaros me acompañaban a todas partes persiguiendo el jardín de mi cuerpo, oyendo el sonido verde que de forma inaudible susurraban mis poros.
En un principio la gente se reía y se alegraba; me
seguían los niños, los animales y producía una alegría especial. Sin embargo en
las oficinas, subterráneos y supermercados no son bien vistos mis acompañantes.
Para bien o para mal producíamos alboroto en todas partes.
Ese día, a pesar de los problemas en el trabajo y en la
ciudad, volví contento. Caminé hacia el jardín para descansar mis hojas.
Daniel Poggio

Siempre esa conexión honda con los árboles. Como admiro que logres eso justo donde le sacan la piel a la tierra!
ResponderBorrargracias primo. Es una deuda pendiente. Amo observarlos y hay algo especial. Como el árbol de los ancestros que hablás vos.
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