La tarde se recostaba
junto a las plantas que dormían en los macetones del patio. Las dos lamparitas que
observaban desde la pared cómo la tarde se moría, esperaban que el sol en pocos
minutos les permitiera encender sus cuerpos, en este otoño de fríos
sorpresivos.
Debajo de
mis hojas sólo se escucha
el murmullo de la escarcha
Los ojos clavados en lo
profundo del mate, como si la yerba les respondiese con el humo de sus
palabras. Y esa boca verde pasaba de las manos de Valentín a las de Violeta, su
madre. Ellos no se miraban, sólo el mate
los unía en una charla muda, repleta de tristeza, de llanto seco.
Y sin comprender el
silencio de esas dos lenguas, nacían las primeras penumbras de la tarde oyendo
a la pequeña spika cantar el último éxito de los gatos.
Y en pie de
guerra la savia acaricia
el polen que nace de mi lengua
Valentín observaba las
baldosas que ya no eran tibias y abrasadoras como el mate. Esos dibujos de cemento golpeaban su frente con recuerdos
cada vez más ausentes, y el silencio ya no tuvo sentido. Levantó la mirada
hacia los de su madre y con el aliento caliente y húmedo destruyó el monólogo
verde. Tiró la yerba en la maceta más cercana, para que ya no se interpusiera
en sus pensamientos, y recién ahí se animó a hablar:
- ¡Mamá, cuándo vas a
entender que Alberto no nos abandonó como siempre repetís a los vecinos! Hoy el
panadero me preguntó si teníamos alguna noticia de mi hermano. ¿Cómo
explicarle?, le dije que no..., pero que él a veces se iba por trabajo y que no
nos había aclarado cuándo volvía..., que seguro estaba bien... Me fui antes de
que se me notara la bronca y las lágrimas. Me tienen todos cansados y nadie nos
va a entender si les contamos la verdad. Pero no puedo dejar que hablen mal de
Alberto vieja, ¡dejá de inventar abandonos! - la última palabra sonó más fuerte
y se reflejó el fogonazo en los ojos de Violeta.
Un
viento frío
nuevamente
desgarra mis oídos,
me
quedan pocas fuerzas
para
sostener mi último pétalo.
Lo
veo titubear, sostenerse del tallo,
pedirme
que luche.
Ella, Violeta, había
visto al igual que su hijo ese patio lleno de gente en tantos cumpleaños y
fiestas de fin de año, en asados, despedidas
de solteros y cualquier motivo que se presentara en la vida para
reunirse a comer y festejar. Pero los años fueron devorándolo todo. Comenzó con
Esteban, esposo de Violeta y padre de Rocío, de Alberto y de Valentín; se fue
con una mujer que conoció en el trabajo.
El cielo de nuestro patio
se derrumbó dentro de sus
labios
y del hueco de mi silencio
florecieron espinas.
Él quiso explicarlo de
mil maneras. Viejas peleas, el cansancio de la rutina, el amor que golpeaba
nuevamente a su cuerpo. Lo cierto es que se fue lejos, por cobardía o para no
soportar el enojo de sus hijos, que hasta llegó a los golpes. Fue en la despedida, una tarde de
explicaciones que Violeta no quiso estar, pero sí sus hijos. Rocío, tal vez por
ser la mayor de los hermanos o simplemente para no derrumbar toda su vida
familiar, tomó la iniciativa de la reunión
e intentó comprender a su padre, repleta de lágrimas lo abrazó y miró a sus hermanos esperando que se
sumaran. Alberto se quedó sentado y sin hablar, solamente lo miraba a los ojos,
con odio, con una bronca que daba terror. No contestó ninguna de las palabras
que le dirigió su padre, y sólo se movió de su silla cuando Valentín se tomó a
golpes de puño con Esteban.
Ninguno de los dos hermanos quiso
volver a verlo, sólo Rocío viajaba en las vacaciones al nuevo hogar de su
padre, Chascomús. Esto duró hasta que su hija se casó y también se fue lejos,
pero muy lejos. Necesidad de un futuro mejor dijo ella. Su marido era un médico
muy renombrado y lo habían contratado del gobierno de Italia, lugar donde su
esposo tenía familia y comodidades. Pero el rocío de sus ojos no decía lo mismo
y esa humedad se escapaba tibia, lenta, triste y secando a Violeta.
Su hija
lentamente se fue evaporando. Primero llegaban cartas cada mes, luego una vez
por año y una llamada para la noche buena. Pero los viajes con su marido fueron
el mejor remedio para huir de sus miedos. Era difícil ubicarla y solamente se
sabía de su lugar de vida por las estampillas de las cartas, que con suerte
eran cada año y medio. Violeta sabía que el alejamiento de Rocío, tanto en
cuerpo como en palabras, no eran por la fama de su marido y los viajes, como
repetían con mucho enojo Alberto y Valentín. Ella huía de su rota historia para
encontrar una nueva y totalmente distinta.
El segundo pétalo cayó
esta vez más lejos
y la sequía agrietó toda la tierra
hasta lastimar las raíces de mi cuerpo.
Volvamos al diálogo que se desarrollaba en el patio.
- Pero hijo no me vengas de nuevo con el tema
del cristal que lo dejaba pasar. ¡Vamos con esas cosas! Sabés bien que tu
hermano vivía dado vuelta y que su único cristal era la jeringa - contestó
Violeta con bronca y pena ante la última frase utilizada por su hijo (“¡dejá de inventar abandonos!”). La
sintió como un cachetazo inesperado de quien menos pensaba. Y sus labios temblaban tratando de hablar, de preguntar
a los gritos, “a mí me decís que invento
abandonos”.
Esa prepotencia
de su hijo la llenó de recuerdos y terrores antiguos de cuando era mujer
de... Pero enseguida vio que Valentín
cambió el fuego de sus ojos por el miedo y el pedido de esperanza y ayuda.
En medio de este jardín
cuidado por hombres
la violencia recae sobre las violetas
que arrastramos nuestro grito
bajo la hojarasca,
hasta que alguna primavera
lo hace brotar.
-
Que no es un cristal, es el espejo de su cuarto mamá. ¿Nunca escuchaste en las
noches su flauta?
-
No me asustes, que ese sonido es del vecino tocando la armónica.
-
Pero vieja después subí y fijate las rajaduras extrañas que tiene su espejo. Recordá que empezaron a aparecer después de
su desaparición hace tres semanas -
Violeta
lo miró con un gesto de cansancio. No podía creer que su hijo se creyera una
historia tan extraña para sostener una esperanza. Lo miraba a Valentín mover
las manos, hablar hacia las paredes, como si en ellas se escondiera Alberto. De
repente lo vio fuerte y con los puños
vestidos de encuentro. Así que escuchó las palabras y el cuerpo de su
hijo, para comprender mejor la unión de esas dos instancias y el verdadero
lenguaje.
-
Él me había contado que tenía conversaciones con la gente del espejo y les
pedía pasar. Yo al principio también creí que estaba loco y le propuse hacer un
tratamiento. Igual lo escuchaba, para ver como podía ayudarlo. Él decía que los
habitantes de la ciudad de cristal no se comunicaban con cualquiera, ya
que temían que las personas ante el
temor a lo desconocido destruyeran sus palacios de reflejos - .
De
golpe Valentín dejó de moverse, la miró a Violeta a los ojos y su recuerdo de
la infancia se sumó a la historia para darle
significado y coherencia al momento actual.
-
¿Te acordás vieja cuando éramos chicos que vos nos contabas de los habitantes
del ropero? -. Violeta lo miró sin comprender y su rostro debe haber sido muy
elocuente, ya que Valentín enseguida continuó hablando y tratando de convencer
a su madre.
- Acordate esa noche que no
podíamos dormir ninguno de los tres por la gran tormenta que había -. Violeta
empezó a mover la cabeza como diciendo que no. Sí recordaba el hecho, pero no
quería caer en el juego de su hijo, no podía dejar que los recuerdos y la
esperanza jugaran con su cerebro.
-
¡Dale vieja, recordá!, es por Alberto. Bueno, no importa, vos escuchame. Esa
noche la tormenta era tremenda y vos viniste a nuestro cuarto con Rocío, que
aunque era la más grande no podía ocultar también su miedo a los rayos. -
Violeta intentaba parar este maremoto de melancolía
pero Valentín estaba enloquecido por
explicarle, por comprender también él. Ella no lo dejó terminar la frase
y le dijo:
-
Pero hijo que tiene que ver con... -
-
Pará vieja. Por favor escuchame y después me decís. Dejame terminar. Esa noche
nos contaste la historia del gran ropero que está en nuestro cuarto, el del
espejo ovalado. Nos relataste que era antiquísimo y que tu abuelo le tenía
mucho aprecio, ya que de pequeño se escondía en él para hablar con sus amigos invisibles, amigos que sólo hablaban
en ese lugar. Entonces nos dijiste que cuando tuviéramos miedo o tristeza
pensáramos en compañeros y lugares bellos donde nos sintiéramos felices -.
Valentín abrazó a su madre que lloraba en silencio y continuó hablando pero más
calmado, sabiendo que ya no iba a cortar el relato aunque con sus ojos le
dijeran que no comprendía.
Miles de espejos nacían de mi cien
y llenaban de poesía mi realidad.
Mi vida estaba repleta de alas
pero me quedé floreciendo
siempre en el mismo lugar
y con los vidrios vestidos de musgo
-
Vieja perdoná que no te mire, pero necesito explicarte y si te miro llorar se
me cierra la garganta -. Valentín se levantó nuevamente
y empezó a caminar alrededor de su madre y mirando a las paredes, al
techo, a las plantas, como si la casa también necesitara explicaciones.
-
Bueno, a partir de esa noche con Alberto
tomamos la costumbre de encerrarnos en el ropero, y no te podés imaginar
cómo viajábamos y cuánta gente conocimos -. Valentín vio la cara de
sorpresa de su madre y con tono de seguridad aclaró.
- Sí, aunque me mires así seguimos con ese juego de niños, yo hasta hace
unos años, pero Alberto continuó hasta que se fue con ellos. Un hermoso juego
al que con el tiempo le cambiamos un poco las reglas, no nos metíamos en el
ropero, pues nos daba sensación fea y además mucho calor. Así que abríamos la hoja
de la puerta que tenía el espejo y nosotros nos sentábamos afuera. No sé si se entiende – Valentín hacía unos
movimientos extraños con sus manos - formábamos un triángulo entre la ventana,
el espejo y nosotros - miró a su madre y vio que sus ojos estaban cerrados, entonces comprendió que sus palabras
habían logrado llevarla hasta ese rincón de sus vidas. Ella todavía no entendía
para qué, pero por lo menos la llenaban de calma, de nostalgia.
Violeta
abrió los ojos y él enseguida siguió hablando, por temor a las preguntas. – Bueno, entonces pasaba algo
hermoso cuando abríamos la puerta del ropero en las noches que queríamos
viajar, irnos de acá. Las luces del cielo se filtraban en el espejo y formaba
reflejos extraños en las paredes, en nosotros. Cuando la luna llena era la
visitante de nuestros viajes, nos invadía
una oscuridad repleta de contornos
fuertes, de montañas enormes, de amigos llenos de brazos, donde los
mares y las llanuras corrían hacia nosotros
devorándonos con sus colores y aromas. Cuando la luna no estaba y sólo algunas estrellas alumbraban,
el recorrido era sinuoso, repleto de acantilados y casi siempre terminábamos
separados y perdidos. Solo teníamos que levantarnos, prender la luz y de vuelta
en el cuarto. Sin embargo a Alberto le estaba costando volver y cuando yo
sentía su llanto, corría a despertarlo ya que a veces ni la luz lo regresaba. Y
vieja, hace años que la luna se astilló en
miles de estrellas que desangraron nuestra imaginación -. Levantó su
rostro hacia el cielo y sólo vio los restos de una uña acariciando una nube.
Ahora
Violeta tomó la palabra y trató de recuperar a su hijo del pozo en el que se
estaba metiendo.
- Hijo vos mismo
estás diciendo que era un juego de niños y seguramente la luna se quebró cuando
tu padre se fue. El juego perdió ese plenilunio que les daba seguridad -.
Valentín no quería llorar y sólo atinaba a negar con la cabeza. El llanto no le
dejaba coordinar las palabras, así que Violeta continuó tratando de poner todo
en orden.
- Alberto sufrió mucho cuando Esteban
se fue, como todos, pero él más que nadie. Al poco tiempo empezó con la droga y
no es extraño que haya inventado este jardín en el espejo, para huir con su
mente.
¿Huir o empezar de nuevo?,
¿cuál era la diferencia?
Si para todos yo era esa flor
que alegraba el huerto
con el silencio de mis colores.
Tal vez ya no me acepten
y me vean como ave de rapiña.
-
No, no fue así. Los dos viajábamos vieja, pero a mí lo de papá me destruyó la
imaginación y ya no hubo espejo que me alejara de mi piel. Sin embargo él
continuó y aunque no lo creas había dejado la droga a principio de año -.
Violeta lo miró extrañada, primero con un gesto de duda, luego con una mirada
irónica.
-
Si má, él me dijo que el espejo lo estaba
ayudando, que su cabeza necesitaba paz y la falopa no se la estaba
dando. Cuando me empezó a contar lo de los habitantes del espejo, yo pensé que
había vuelto a tomar o que le había afectado la cabeza tantos años de droga-.
Valentín observó que su madre negaba con la cabeza y amagaba a levantarse. Entonces
la frenó y le dijo: - ¡Vos también
creías en esos viajes, aunque me digas que eran para que nosotros no nos
asustemos, tus ojos volaban vieja, no me digas que no creías en la gente del
ropero! – la increpó Valentín mientras apoyaba su mano en el hombro de su madre
para que no se levantara y huyera de la contestación.
-
No hijo. Yo quería creer e intenté esa noche que ustedes tuvieran siempre esperanza e imaginación para poder luchar
contra las tormentas. Yo, la verdad creía, pero cometí el error de mirarme con
los ojos de tu padre. Fui siempre la violeta que cuidaba a sus pétalos, que
regaba su jardín y aromatizaba sus sueños donde yo era parte. Cuando se fue me
quedé ciega y lentamente me fueron floreciendo mis propios ojos. Me cuesta
mirarme hijo. Sobre todo porque se desvanece lo que fui con cada partida y se
me llenan de barro las pupilas. ¡Vos no te caigas por favor! –
Tus ojos desaparecieron
y recién ahí me
vi.
Desnuda en mi propio jardín,
sin la sombra de tus lagunas,
con el nacimiento de mi propio espejo
pero teniendo que elegir el extremo.
¿Reflejo de tantos ojos o un grito nuevo?
Valentín
la había escuchado en silencio, sorprendido, descubriendo lo poco que conocía a
su madre y le costó responderle. Sus ojos observaban a una mujer distinta a la
que fue su madre. Recién ahí descubría su vestir diferente, el cabello suelto y
un leve perfume que corría alrededor de su cuello. Solamente con escuchar sus
propias letras se había caído la cáscara antigua que cubría a su madre. “¿O la cáscara estaba en mis ojos?”, se
preguntó Valentín.
No
quiso alejarse más de lo que iba a suceder esa noche y trató de dejar el tema
de su madre para otro día, como siempre
sucedió. - Mirá...vieja. La verdad yo quiero encontrar a Alberto, no
pensemos en el viejo ni en nadie más. Por favor, aunque te parezca una locura escuchame -.
Las sombras que nacían
de los rayos de las lamparitas, se escondían detrás de los dos cuerpos para
luego saltar hacia las paredes y bailar con las luces que venían de la calle.
Todo estaba en silencio y hasta la spika había acallado su parlante, sin
embargo ese baile extraño continuaba con espectros que crecían y morían en cada
paso. Más de una vez Violeta y Valentín miraban
asustados ese extraño espectáculo, era cotidiano ya que el patio tenía
muy poca luz, pero las sombras de esa noche parecían tener un volumen mayor y
hasta se escuchaba un murmullo que se perdía en
el viento. Valentín trató de concentrarse en Alberto y sólo atinó a
mirar a su madre a los ojos para que nadie interrumpiera su historia.
-Bueno,
má prestame atención. Una noche me escondí debajo de la cama y pude observar
como Alberto les hablaba y les tocaba la flauta a sus amigos del espejo. Y,
cuando yo ya me decidía a salir para decirle que terminara con todo esto y
llevarlo a un psiquiatra, pude sentir un
sonido extraño que acompañaba el ritmo de la flauta. Esa melodía hizo
que me quedara quieto, sin salir de mi escondite, y...sabés que vieja. El
espejo se llenó de grietas por donde empezó a cantar un extraño coro.
-
Hijo, porque nunca me contaste esto -
Violeta dejó escapar su miedo temiendo que también Valentín cayera en la
locura de Alberto.
-
Ya lo vas a entender, esperá un poquito.
Entonces en medio de ese canto
extraño Alberto terminó la canción, acercó la mano derecha a una de las
bocas del espejo y preguntó: “¿ya
aceptaron mi permiso para entrar?, cada vez duele más este lado del reflejo. La
gente es frío cristal y ya ni las astillas de este mundo de sombras les asusta.
Observan sin mirar detrás. Ahí detrás de mí los pude ver a ustedes bailando con
mi música. ¡Por favor, quiero ser parte del mundo que se esconde detrás del
espejo!”
- ¡Hijo, vos estás cada
vez peor, ¿te crees que voy a creer todo eso?
-
¡Lo aceptaron vieja!, lo vi. Una extraña voz con un lenguaje que no comprendí
salió del espejo y Alberto sonrió. Luego estiró su mano con la flauta y una de
las rajaduras tomó el instrumento. Volvió a
sonreír y preguntó: “¿Podré volver
a ver a los míos?”. Nunca escuché
la contestación, ni siquiera un sonido extraño. Alberto se encogió de hombros, dudó, estoy seguro… lo
vi en sus ojos, y luego caminó hacia el espejo y penetró en él. Yo salí
corriendo e intenté retenerlo pero el espejo ya se había cerrado.
Desgarrar la mirada para ver mejor,
aunque el ocaso de este monte de ojos
duele tanto que no me animo.
No me atrevo a enceguecer
la historia que me conté con otros reflejos.
Ahora
si subís, vas a ver las rajaduras en el espejo, estoy seguro que quiere volver
y no lo dejan. Puedo escuchar por las tardes el sonido de su flauta cada vez
más desafinada, él odiaba eso, está mal mamá. Esas grietas del espejo son
redondas como golpes de puño, además si te observás en él la imagen que te devuelve
es deformada, algo no está bien - Valentín hablaba cada vez más bajo y miraba
nerviosamente hacia arriba, donde estaba la habitación que compartía con
Alberto. La tomó a su madre del brazo y fueron a la cocina. Recién cuando
cerraron la puerta que daba al patio continuó hablando. Violeta se dejó llevar
y no podía coordinar tantas cosas juntas,
recuerdos, nostalgias, ausencias; ¿cómo ayudar a su hijo y traerlo a
esta realidad donde ella cada vez era más ajena?
Valentín
esbozó una sonrisa de fortaleza y levantando la voz dijo: - Ya lo decidí vieja,
no te lo había contado porque hasta a mí me cuesta creerlo, pero es verdad,
Alberto está sufriendo. Hoy a la noche, con la tranquilidad de la luna voy a
destruir el espejo a garrotazos y lo voy a sacar de ahí adentro.
¿Adentro?
¿Por qué yo estoy atrapada en Violeta
y me dicen que estoy afuera y normal?
¿Quién es esa extraña
que me mira en la laguna?
La tierra tirita bajo mis pies
y una antigua plaga no me deja florecer.
Violeta
lo tomó del brazo y con la voz enojada, como cuando era chico, le ordenó: -
Hijo, estás muy mal. Por favor no rompas nada. Te vas a lastimar.
-
Basta vieja. Mañana te cuento como fue todo - Valentín se levantó y se fue a su
cuarto dejando atrás los gritos de su madre. Ella lo siguió pero Valentín cerró
rápidamente la puerta de su cuarto. Violeta escuchó la llave y a pesar de sus
gritos la puerta ya no se abrió. Fue corriendo a buscar a su cuarto las llaves
de las habitaciones, recordó que tenía otro juego, pero no las encontró. Corrió
al cuarto de sus hijos y nuevamente sus gritos no sirvieron de nada. Valentín
intentó calmarla desde adentro y solo le prometió que a la mañana siguiente,
pase lo que pase abriría la puerta.
Conozco esa luna que mira hacia adentro
con los cristales de nuestros propios sueños,
con el dolor de ya no estar en los ojos
de los otros espejos de este ordenado jardín.
Violeta
no durmió hasta las seis de la mañana. Se quedó esperando sentada en una silla,
en la puerta del cuarto que retenía a su hijo.
En
toda la noche no se escuchó ningún sonido,
sin embargo, al despertarse se acercó a la puerta y apoyó el oído. Del
otro lado escuchó carcajadas y música donde el sonido de la flauta sobresalía
de las demás. Todavía dormida, Violeta sonrió soñando con la vuelta de Alberto
a sus vidas. Puso la mano en el picaporte y, extrañamente, estaba abierta. No
encontró a nadie, la habitación tenía una calma y un silencio que lastimaba los
oídos. Fue hasta al antiguo cuarto de Rocío, pensando que tal vez Valentín se
había arrepentido y preferido dormir lejos del ropero. Pero el cuarto también
estaba vacío y en calma. Recordó la historia del espejo y fue a ver dentro del
ropero. Sólo encontró el cristal astillado en el centro pero sin faltarle
ninguna parte del extenso vidrio ovalado. Se quedó sentada observando las
líneas que deformaban su imagen.
Lágrimas, grietas en el cristal,
ojos tatuados que nunca amanecen.
Ya no estás para cubrir de tu piel
los sueños que nunca tuve,
pero hay mucha herida propia
como herencia del olvido
que me ata a la que fui.
Lentamente
las rajaduras se fueron cerrando al compás de la flauta, que ya no desafinaba.
Al poco tiempo el espejo volvió a quedar en
perfecto estado. Igualmente la imagen
que le devolvía era deformada, como decía Valentín, casi no podía
distinguirse. ¿Quién era esa mujer que la miraba del otro lado?
A
partir de ese día todas las noches subía a cenar al cuarto de sus hijos. Cuando
terminaba con la comida apagaba las luces, se sentaba en el suelo y abría la
puerta del ropero. Hacía como su hijo le había enseñado, construía el triángulo
de los sueños entre la ventana con los habitantes del cielo, el ojo ovalado del
ropero con el grito de la flauta que le cantaba sus ausencias y ella.
Para
el barrio algo extraño sucedía, ya que todos notaban la ausencia de los dos
hijos. Pero Violeta no les respondía nada, sólo decía que ellos estaban bien.
La
gente empezó a tener lástima de ella, pero algunos empezaron a crear historias
macabras, asesinatos, engaños. Decían, “por
algo el marido la dejó y se fue lejos”, “¿vieron que desde que Esteban se fue
ya no era la misma, se vestía distinto, salía mucho y esa flauta que suena a
cualquier hora?”, “¿no los habrá matado ella?”. Los rumores del barrio
llegaron a la policía que buscaba a los dos
muchachos, supuestamente perdidos. Se presentaron un día en la casa de
Violeta, revisaron hasta las macetas del patio, pero nada, sólo atinaron a
responder a los vecinos que esa sonrisa denotaba locura.
En algunos momentos, durante el día, yo también pienso que estoy loca. Imagino lo
peor y me lleno de abandonos nuevamente. Pero cuando estoy acá..., los escucho
reír con la música y hasta casi me atrevo a dejar de ser Violeta para entrar a
mi verdadero espejo.
Tantos ojos me reflejaban
como violeta
delicada,
historia llena de pétalos que cuidar,
polen dulce que debía repartir.
Y el tiempo me llenó el tronco de huecos
por donde cayeron los falsos cristales.
Mis últimos dos frutos dejaron de ser vistos
para poder observarse.
Yo sigo siendo esa flor que escucha
los gritos de la flauta ¿desafinada?
hasta que pueda romper con la raíz
de ese gran ojo que nos cultiva
y llenarme de mi propia imagen.
Nadie dijo
exactamente cuánto tiempo pasó. Algunos aseguraban que un año, otros que tres. Lo cierto es
que silenciosamente Violeta y los sonidos extraños que asustaban a los vecinos,
desaparecieron. Pensaban que Violeta se había ido con algún tipo, que estaba en
algún manicomio, hasta se la imaginaron
suicidándose de diferentes maneras. La locura colectiva hizo que la policía
volviera a la casa. Encontraron todo en calma, en orden. Lo único fuera de lo
común y que todos asociaron con la locura de Violeta, fue el descubrimiento de
un antiguo espejo ovalado que se encontraba en la parte interna de la puerta de
un ropero. Eso no era lo extraño ya que era un mueble muy antiguo como muchos
de los que se encontraban en la casa. Lo que llamó la atención de los
uniformados y de los vecinos, fue que a los pies de la puerta del armario
encontraron el suelo cubierto de pétalos, de hojas y tallos cortados. Y en el
espejo estaba escrita en tinta roja una extraña poesía sin ninguna firma.
Daniel Poggio del libro "Espejo de mis dedos"

Es un cuento alucinante, aunque ya te lo había dicho. La idea de engarzarle una poesía cortada entre párrafos es genial. He leído todo de corrido, He leído la poesía sola saltando la prosa y viceversa, una especie de "rayuela" ja. Excelente!!
ResponderBorrargracias primo. Siempre me obligás a escribir para que no conozcas lo quepublico.
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