Otra vez me encuentro navegando en tu
balsa. Pero vos Alejandra, como ocurre siempre, no subís a ella. Nunca te vas
de ese mar al que acudiste con las llaves de tu elección.
Me llevas a
recorrer tu mundo; uno de tus brazos toma la punta de la balsa y tus piernas
patalean suavemente, navegando sobre la estela que va dejando tu cuerpo al
besar el agua.
Tus ojos, con
esa mezcla de tristeza e inmensidad, me
miran constantemente. Como siempre, no paro de hablarte, pero no me
contestas. Tu mirada es la única respuesta
que siempre encuentro. Lo más extraño es que a veces te entiendo.
Yo de todos modos te sigo hablando,
sé que tus ojos muchas veces me
contestan y que siempre me escuchas, pero con la neblina del alba solo me queda
el leve rocío de tu mirada, la balsa se transforma en mi cama y tu cuerpo
vuelve al estante de la biblioteca. Tu mirada es ahora una simple tapa dura y
fría. ¿ Estás ahí Alejandra?
Recuerdo la primera vez que te
visité. Tenía veinte años más o menos. Me había envuelto en la inmensa
oscuridad de la tristeza y la nostalgia, extraña niebla que cada tanto me
atrapa.
Abrí por primera vez tu cuerpo
lleno de hojas, leí esas palabras que parecían brotadas de mi boca y observé cómo
el libro se convertía en espejo de muchas partes mías. Me estremeció encontrar
a alguien que me conociera tanto, hablabas de mundos internos que resbalaban en mis sueños, conversaciones
con las sombras de mi niñez que pensé que nadie había escuchado. Simples hojas
escritas que esgrimían lo más profundo de mis miedos, dudas y tristezas.
Leí el prólogo
en el que hablaba de tu vida y tu final. Empecé a comprender un poco más, y al
entender el mapa de tus libros me encontré con viejas huellas de mi vida.
Siempre tuve
la sensación de ser el único que se perdía en los resabios del miedo. Ese temor
desconocido, esos sentimientos lastimados y muchas veces sin existir un por
qué. El presentimiento de que algo va a pasar esta noche, cuando cierre los
ojos, cuando el telón del sueño deje pasear a la muerte sin poder yo escapar.
Me abracé a tus palabras sintiéndolas mías, sentí el calor de tu cuerpo, ahora
transformado en libro. El torrente de tu sangre corriendo por tus letras me
embriagó de sentimientos, al fin compartidos. Me dormí acunado en tu prosa y,
por primera vez, desperté en tu balsa.
Te observé
extasiado, sin poder hablar, hasta que tus labios sonrieron y el mundo se me
transformó en mar, tu mar.
Te llené de
preguntas para poder entender un poco más, saber si ciertas imágenes de tu
cuerpo, el de papel, estaban distorsionadas por la visión de mi lenguaje. Es
que en tus recuerdos escritos buscaste un viaje con la compañera que yo más
temo, ¡la muerte! Abriste la puerta y te fuiste a tu mar. Al mar de la soledad,
de la piel quemada por las lágrimas.
Entonces, lo que yo quiero saber es..., ¿por qué me abrazan tus hojas si mi sufrimiento, a veces, no tiene motivo
concreto; si tu infancia revivida en tus hojas tiene el color mucho más oscuro
que el mío; si querías traspasar la piel para ver el otro lado y yo todavía me
sorprendo de la carne; si estabas llena de sombras que conocías y yo apenas
tengo un par que reconozco y un montón
desconocidas? Eres como mis ojos y temo
a tu huida, escribiste las palabras que fluyen de mi mente y nos referimos a
distintos viajes.
Totalmente desesperado te seguí preguntando, tus ojos tenían la misma mirada triste y pensativa de las
fotos, pero había algo de calma en ellos. ¿Quizás este mar encierre por fin el
deseo de tus ilusiones?
Nunca hablaste
y hoy seguís así, aunque al despacharme con todas mis dudas sentí, con el
tiempo, como respuestas, como si me hablaras con tus pocos gestos, miradas o
con tu simple sonrisa. Me hubiera gustado conocerte cuando todavía no eras un
pez en estas aguas, cuando la frontera del lenguaje nos hubiera dejado
intercambiar los miedos que viven en nuestras lenguas.
En estos años
de silencio brumoso comprendí, a pesar de todo, de lo versátiles que son los
sentimientos, que aunque sean iguales cada uno le da el calor de sus ansias, de
su valentía o cobardía, de su infancia, de sus frustraciones. Hoy todavía no comprendo qué me une a vos, pero te
siento más.
Primero en tus
hojas y ahora en tu balsa me llevaste a recorrer tu mundo, me enseñaste a beber
el licor de la tinta que fermentan las sombras que sobrevuelan la noche.
Nunca voy a
olvidar el día que te pregunté si te gustaba estar tan sola, me miraste y me
señalaste con tu brazo una isla lejana. No comprendí pero empezaste a llevarme
hacia ella, pasamos a su lado y pude observar a un hombre construyendo una
canoa. Me sorprendí muchísimo y te pedí que te
detengas, al hacerlo pude comprobar que era Horacio Quiroga, con su típica
barba y contextura física, con su tristeza tétrica que latía en sus libros.
Estábamos tan cerca que te pedí bajar para ver si con él podía hablar, si su
lengua resucitaba las palabras que murieron en la tuya, si sus manos seguían escribiendo y su voz me explicaba
que me unía a ustedes. Vos no dijiste nada y cuando me decidí a bajar escuché
un pataleo detrás de la balsa, en el agua. Como a dos metros una mujer llena de
caracoles en su cabello me miraba, mientras sus piernas se movían
desesperadamente.
Luego de
observar como nadaba alrededor de la balsa y jugueteaba con Alejandra, descubrí
que esa mujer era Alfonsina, con sus piernas llenas de algas y peces saliendo
de su sonrisa.
En medio de mi
deslumbramiento por los dos personajes una multitud empezó a llenar la isla,
algunos me parecían conocidos y otros no. Esa gente tenía en los ojos la misma
humedad que dejaban las olas de este mar, un brillo lejano que no tenía
horizonte y un bosquejo de sonrisa repleto de olvidos.
Más que nunca quería bajar, preguntarles cómo podía hacer para luchar contra ese miedo tremendo que
latía en mi balsa, cómo no llegar a esa soledad llena de muerte.
Intenté
pararme y en ese mismo instante Alfonsina me
tiró una caracola marina a mis manos, al tomarla trastabillé y caí
sentado. Algo extraño sucedió y antes de llegar a tocar el suelo de la balsa un
gran vacío me absorbió entre las vetas de la madera. La caída desfiguró el
tiempo y ya no supe cuántas vueltas dio mi cuerpo dentro de mi cabeza y
desperté en mi cama, rodeado de sus libros, como si la respuesta estuviera en
sus cuerpos sangrantes de tinta.
En mi mano un
extraño sonido salía de la caracola marina, al llevarlo a mi oído escuché el
sonido del mar de Alejandra, un mar especial, era el mismo sonido de todos los
mares, pero olía a tristeza sin regreso. Luego de un rato se evaporó en mis
manos el mar de la tristeza.
Sigo viajando
en tu balsa Alejandra, pero sé que siempre regreso y que a pesar de los
sentimientos que me atraen de esas islas y mares, no pienso bajar, sino subir a
tus letras, navegar en tus hojas, y con los sentimientos compartidos buscar mi
propio mar, mi isla deshabitada de soledades y de muertes.
Texto de Daniel Poggio del libro "Espedjo de mis dedos"

Pufff imponente!!!! Brindo por esa poetisa que nos llevó a muchos a navegar por esos mares!!!!
ResponderBorrargracias Dari, una de las oscuras compañías
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