- ¡El agua está muy caliente y mis ojos me arden tanto, no
los puedo abrir! ¿Cómo llegué hasta la ducha? – arrodillada en el suelo de la
bañera Roxana busca con el recuerdo de su mano la canilla de agua fría,
lentamente va mejorando la sensación de su cuerpo con el cambio de temperatura.
Sin embargo el ardor de sus ojos continúa y sus párpados hinchados contienen su
propia lluvia.
- ¿Por qué me duele tanto el cuerpo, qué me pasó?, no
recuerdo ninguna discusión… Sí, yo estaba enojada pero el Flaco no. Nunca me
olvido los golpes y siempre son en mis brazos, en mi estómago pero hoy es
diferente – se miraba los brazos limpios de moretones -. Siempre los dolores
corporales venían con el recuerdo de gritos, de palabrotas, pero hoy es
distinto. Solamente recuerdo su sonrisa irónica y su mano saludándome. Igualmente
me duele el cuerpo – mientras pensaba estas cosas la lluvia de la ducha se
confundió con sus lágrimas y recién ahí fue naciendo la imagen del baño de su
casa, los azulejos de la pared de la ducha la llenaron de presente. Sintió que
el agua le tapaba los tobillos y al observar el suelo vio que toda su ropa
también estaba en la bañera y que su remera había tapado el agujero imposibilitando
que el agua corriera. Primero no pudo creer lo que vio. Corrió rápidamente la
cortina para que la luz del sol le permitiera ver más allá del vapor. El agua,
al igual que su ropa, tenía una tonalidad rojiza y ella lo sabía bien, sabía
que la sangre es espesa y no se aligera muy fácil con el agua, flota, se estira
lentamente como si fueran venas de plástico. Se miró las manos y recién ahí
reaccionó. – ¡Mis manos están coloradas pero sin heridas! – se tanteó el cuerpo
y miró sus brazos casi limpios pero con restos de manchas rojas en los extremos
aún no bañados. Pensó en otra golpiza del flaco y se tocaba nuevamente el
cuerpo buscando heridas, moretones, algo que explicara la sangre – No estoy
golpeada ¿y esta sangre? ¡No tengo nada! – gritaba mientras abriendo los ojos
lo más que podía se pasaba la esponja, limpiando costras de sangre que se iban
con el agua. Su piel limpia, como nunca había pasado luego de esas duchas de
llanto y bronca, la aterrorizaba. Tomó un pequeño espejito que tenía en uno de
los estantes que se encontraban dentro de la bañera. Lo utilizó para observarse
la espalda, la nuca, detrás de las piernas. Buscaba, buscaba imperiosamente una
herida que le hablara y explicara lo sucedido. Nada, por primera vez se
encontró aterrada de no haber sido golpeada.
¡- Ningún golpe ¡ Por favor, qué pasó! – apagó la ducha
para que el silencio la dejara recordar. Y al buscar una toalla para secarse,
el sol iluminó su pequeño baño. El piso de cemento, las paredes de azulejos gastados
y rotos por la humedad, ropa sucia de su marido y sus tres hijos en un tacho. De
repente allí, un brillo extraño rompió con la monotonía de su miseria y su
vida. Sobre la tabla del inodoro un rayo de sol rebotaba contra la hoja de una
cuchilla, la misma era utilizada para matar a los animales que criaban con su
marido. Ese siempre había sido la labor del flaco. - ¿Qué hace la cuchilla acá?
– salió de la bañera y se sentó en un pequeño banquito de madera que siempre se
encontraba al lado de la pileta para que los más pequeños pudieran llegar bien.
No se animaba a acercarse a la cuchilla, sentía su mano temblar. Y miles de
imágenes comenzaron a golpear su mente, a desgarrar su memoria con escenas que
caían como las gotas de la ducha.
Llorando se miraba las manos y la cuchilla. Y un gran nudo
comenzó a crecer en su garganta y cada uno de los dolores de sus brazos se
llenó de recuerdos, eran imágenes entrecortadas. Su marido gritándole para que
se apure con la comida, el lechón muerto acostado sobre la mesa, su mano crispada
sosteniendo la cuchilla, sus brazos bajando y subiendo sin parar, su bronca
cansada de la rutina del maltrato y de su cansancio, de nuevo el brillo de la
hoja en ese subibaja descontrolado, sangre saltando por todos lados, sus golpes
con bronca y sin sentido, ya no estaba cocinando ni preparando al cerdo para el
año nuevo, la cuchilla era parte de su carcajada nerviosa que golpeaba sin
parar, con bronca, sin orden. Recuerda su mano ensangrentada y dolorida,
corriendo a bañarse desesperada. No lo recuerda a él. Carlos no aparece más que
al principio, con sus improperios, sus órdenes, sus gestos. Sin embargo existe
en la mente de Roxana una unión entre los golpes de cuchilla, la sangre
salpicándolo todo, con Carlos. ¿Cómo fue?, ¿qué sucedió?, ¿al fin había pasado
lo que muchas veces lloró?, ¿se había animado?, ¿fue tan certera que no
necesitó luchar? Otra vez un destello de recuerdo le mostró la cocina salpicada
de sangre, la mesa tirada y ella gritando sin palabras, solamente sonidos guturales,
salvajes… descontrolados. Inmediatamente se ve en la ducha y ahora el miedo le
muestra sus manos hinchadas y coloradas. ¿Qué hago?, ¿me entrego?, ¿huyo? Si
desaparezco se darán cuenta enseguida que fui yo. Si me quedo también. ¿Y si me
voy lejos como debería haber hecho hace rato?, ¿y Carlos… qué hice… dónde lo
dejé?, ¿cómo fue?
Detrás de esas preguntas amaneció la desesperación, sus
hijos, la cárcel, desaparecer hacia otro país. Cruzar hacia Brasil sería fácil
y allí estaba su amiga Sandra que nadie la conocía por acá…. En medio de esos
planes desesperados escuchó el golpe en la puerta. Tres golpes muy fuertes que
casi rompen el vidrio. Y su voz:- ¡¡Gorda qué hiciste con el cerdo!!! ¡¡¡Lo
destrozaste, no sirve para nada y además manchaste toda la cocina con sangre!!!
Texto de Daniel Poggio
Otra genialidad del sr Poggio. Parecía un relato sencillo que te guía sin sobresaltos y el giro que hace es extraordinario. La temática es realista, dura, cruda, no cuesta sentir empatia por la protagonista en estas historias que abundan y muchas veces se silencian. Muy, muy bueno!
ResponderBorrarGraias Dari, a esta altura creo que sos el único que me lee. Jaja
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