Los libros nunca
se pierden, viajan o se esconden.
-¡Quién
anda ahí! – primero lo dije en voz baja pero la segunda vez grité. No sé cómo,
pero antes de despertarme con los ruidos ya tenía la cuchilla en mi mano
derecha, la había escondido debajo de la almohada. Una estupidez que ya se
repetía hace una semana. No sé qué pensaba hacer con esa cuchilla pero tenía
miedo. Los ruidos se producían todas las noches y a veces por las mañanas,
temprano. Sonidos de pasos, como si revisaran la casa, caminaran descalzos, sí,
descalzos porque parece un sonido sordo, de pies con medias. A veces se escucha
como si se cayeran cosas. Las primeras dos noches pensé que era Candombe, mi
perro. Aunque me engañaba, en lo profundo de mi pensar sabía que esos pasos no
eran de un animal. Además él dormía afuera y los sonidos eran adentro. La
segunda noche, a pesar de ser un perro muy dormilón y nada guardián, comenzó a
ladrar desesperadamente hacia adentro de la casa. Al abrirle la puerta del
patio corrió por todos lados pero se fue a adelante, a la biblioteca. Revisé
las puertas, los techos. Nada.
Las
primeras dos noches traté de no despertar a los peques, mis hijos Violeta y
Matías, que dormían en la habitación contigua a la biblioteca. A pesar de sus
sueños pesados me preguntaron a la mañana, luego de la primera noche de ruidos
extraños: “pa ¿estuviste adelante o en la biblioteca?, porque escuchamos
ruidos, ¿eras vos?”
Con
la confirmación de lo sucedido y con un temor que se reflejaba en mi rostro les
contesté: - no sé, tal vez Candombe que quería entrar…-
-No
pa, con Viole pensamos que eras vos. Porque además se cayeron unos juguetes de
mi estante arriba de mi cabeza. Grité. Ahí Viole me preguntó qué me pasaba.
Sentimos unos pasos y luego en la biblioteca también, como libros que se caían.
Pensamos que eras vos pa, era muy tarde, ¿estabas buscando un libro?, no los
guardo en ese estante viejo.
-No…
no fui yo pero no se preocupen, les habrá parecido. Traté de cambiar de tema y
a la segunda noche que me aseguraban haber sentido pasos en su pieza, que no
era el viento porque alguien respiraba en el silencio oscuro de la noche, que
al levantarse Matías sintió los pasos correr hacia el frente de la casa. Ahora
ellos también estaban asustados, aunque sus miedos iban por el lado de los
fantasmas y espectros. Mis miedos eran más humanos.
Revisé
las aberturas de la casa. Si alguien estaba entrando, ¿qué buscaba? Ventanas y
puertas cerradas… enloquecidamente observé todo. No faltaba nada, tampoco había
mucho. La compu, la cortadora de pasto,
la billetera de mi campera, estaba todo. Un par de veces lo que encontré fueron
cosas tiradas, unos libros y el velador de la biblioteca.
A
la semana, como ya les conté al principio, dormía con una cuchilla bajo la
almohada. ¡Qué ridículo me sentía!, ¿¡qué iba a hacer si me encontraba con
alguien!? Sin embargo algo debía pensar. La policía no me prestó mucha atención
al decirles que sólo eran ruidos: -
“pero mire que los escucho adentro, alguien está caminando en mi casa por las noches”- les conté totalmente
alterado. Prometieron mandar una patrulla. Cosa que no sucedió jamás.
¿Qué
buscaban?, los pasos me parecían cada vez más cerca y parecían más de uno. Los
he sentido alrededor de mi cama, hasta han tirado cosas de mi mesita de luz.
Pero siempre las corridas son hacia la biblioteca.
Se
han venido varias noches Viole y Mati a dormir a mi cama jurándome que alguien
había entrado en su pieza.
Hasta que llegó esa noche, “la noche”. Me había decidido a descubrir quién estaba entrando. Simulé dormir, apagué las luces, me acosté y me quedé esperando a no sé quién. Una sombra pasó por el frente de la puerta de mi pieza. Lentamente tomé la cuchilla y el celular para llamar a la policía, tenía el número de la comisaría gravado. Me levanté para seguirlos. Yo también fui descalzo. El que había entrado parecía nervioso o agitado pero respiraba con dificultad. Esta vez me pareció que era uno sólo, se paró en la puerta del cuarto de mis hijos. Pareció dudar, en realidad sólo veía una sombra en la oscuridad. Cómo explicarlo, todo estaba a oscuras pero había una silueta más negra que la oscuridad. Como les decía se paró en la puerta del cuarto de mis hijos, unos segundos y continuó hacia la biblioteca. Mis manos transpiradas temblaban sabiendo que en cualquier momento tendrían que actuar y lo único que tenía era una cuchilla. Caminé lentamente hasta la biblioteca, se escuchaban pasos y ruidos. Como si buscara libros, sonidos característicos del golpe de lomos entre sí en un estante. ¿Creerían que ahí escondía dinero? Me acerqué y prendí la luz de la biblioteca sin pensar, con la cuchilla y el celular al frente les grité - ¿quién anda ahí? – pero extrañamente la sombra no cambió ni su contorno ni su color frente a la luz. Continuó siendo una sombra que no era perforada por los rayos. La imagen duró sólo dos segundos, inmediatamente desapareció debajo de una de las bibliotecas, la más antigua, la de puerta de cristal. Me quedé duro, sin entender. No podía un cuerpo entrar debajo de ese mueble, ¿había sido un gato?, no, no, estaba vez no me iba a auto engañar. Inmediatamente me tiré al suelo y vi una luz verde que me encegueció, una grieta en el suelo de madera se cerraba. Instintivamente tuve una reacción que aún me sigo preguntando cómo me animé. Llevé mi mano hacia la grieta para detener su huida, para lograr entender qué sucedía. La luz se hizo intensa, me abarcó hasta el interior de mi cabeza. Aunque cerrara los ojos giraba sin parar. De golpe la oscuridad volvió a mi cerebro, al abrir los ojos ellos estaban allí en medio de un pasillo de roca. Sombras, dos o tres. No hablaban… o sí pero era extraño. Primero no me di cuenta pero hablaban con partes de historias de los libros que yo recordaba. Me recitaron poemas, frases que yo alguna vez había señalado en mis libros. Palabras escritas a mis hijos en algún cumpleaños y lo que más me sorprendió porque casi las había olvidado. Me recitaron entero un poema que le había regalado a mi compañera, a mi amor, en nuestras épocas doradas, antes de partir.
Entre los pliegues de tu cuerpo
el horizonte es más cálido
pero cada noche es diferente,
casi inalcanzable.
Brotes de estrellas
se desparraman por tus ojos,
Iluminan este mundo
en el que eres el firmamento
donde me miro para ser.
Miles
de preguntas se golpearon contra los recuerdos. Me levanté con bronca, estaban
metiéndose, no sé cómo, en lugares privados, dolorosos, únicos. Traté de
golpearlos, empujarlos. La cuchilla no la tenía, pero por lo menos quería
descargar ese maremoto de dudas con llanto. Sin embargo las sombras eran eso,
sombras nada más. No tenían cuerpo ni masa sólo contorno. De sus manchas
oscuras, con formas humanas escapaban voces recitando. Parecían los audio libros
que escuchan mis hijos. Con bronca les grité: “¡¿quiénes son?, ¿qué quieren?!”.
Una voz profunda que venía a la vez de todas las sombras, no de una sola, me
respondió sin recitar: “tu pasión te llevó a perforar las puertas, a darle paso
a las sombras de los distintos mundos que creamos. Algunos sólo llegan a ser
parte de una dimensión. La mayoría creamos mundos con nuestras pasiones. Las
puertas están siempre disfrazadas de recuerdos, de mareos, de aromas, hasta de
muertes. Ahí es donde las sombras de esos seres que creamos, que somos en
realidad, entrecruzan disimuladamente tratando de conversar. A veces la mente
se siente cansada de tu vida de carne y hueso y se deja llevar, sin trabas ni
normas humanas. Por eso los pasos y las corridas, eran los tuyos buscando
libros” – las sombras se habían deformado y convertido en una sola, parecida a
mi cuerpo. La voz también se parecía a la mía. Era una sensación de estar
hablando solo en la oscuridad. Me señaló el fondo del túnel donde se veía luz y
una gran biblioteca. – “Sabía que esto iba a pasar. Siempre con las mentes muy
imaginativas sucede lo mismo. Se llenan de voces, no les alcanza con lo que
viven en una sola dimensión. Seguime así lo entendés”. – Caminó hacia el fondo
de la cueva. Allí se abrió un gran recinto de paredes de piedra, donde se
encontraban estantes repletos de libros. Al levantar la vista, la altura de la
biblioteca era inmensa.
“Allí
están tus libros, algunos que leíste de pequeño, que te prestaron, que
perdiste, que ahora te robaron tus propias sombras…” – sin comprender nada pude
soltar mi lengua y preguntar: - ¿mis propias sombras me robaron? ¿Quiere decir
que aquí está todo lo que leí? –
“Ya
a tu turno dejarás tu cuerpo y serás pasión en esta dimensión, volarás siendo
sombra por los mundos creados por tu mente a partir de estos libros o de tus
manos al escribir. Hay miles de mundos según las pasiones, la tuya es la
palabra y llegaste a un momento en que te queda chica la piel. No temas a las
sombras. Cuando te relajes tus hijos se acostumbraran a las pasiones y serán
parte de su mundo también. Tienes que hacer algo con esa pasión antes que las
sombras enloquezcan contigo”.
De
golpe descubrí frente a mí un libro que había escrito y había encuadernado con
mis propias manos. Hace mucho. Casi lo había olvidado. Me acerqué y al tomarlo
la luz verde, fuerte, que cerraba la grieta debajo de mi biblioteca amaneció al
abrir el libro.
Desperté
en el cuarto de Mati y Viole con el libro en las manos. “Dale pa, léenos lo que
escribiste hace tanto”.
Fin
Cuento de Daniel Poggio
Qué decir?!? Si somos exactamente lo que has narrado con tanta naturalidad. Somos pasión, somos palabras lanzadas al vacío, somos olvido que deambulara entre libros, entre sombras, entre tiempos
ResponderBorrargraxcias Dari, nos debemos un vinito para charlar tantas cosas
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