Nuevamente
el telón de mis párpados me empujó hacia el
interior de tu mundo.
La
escena me seguía dando terror, a pesar de repetirse hace tantos años. El
anciano me observaba desde el fondo del pasillo, con ojos húmedos y sin fuerza
para llorar. Lentamente avanzaba hacia mi quietud. Todo su cuerpo era comandado
por un bastón de cristal que desgarraba el suelo con su filo. La pequeña grieta
que provocaba se reflejaba en el bastón,
agrandando su tamaño y uniéndose a la marea de grietas que circulaban por el rostro
y manos del anciano. Cada paso
engendraba un nuevo laberinto que desfiguraba su carne y modificaba sus gestos.
Arrastrando los pies, casi
trastabillando, empujaba el precipicio de sus piernas hacia mí.
El
recorrido no era muy largo, pero la lentitud
de su bastón desvanecía al tiempo entre las migajas de miedo que
enrojecían mis ojos.
Al compás de los
pasos y tropiezos su rostro se disfrazaba de miles de caras que sonreían con
mis labios.
Sepultado
en la inmovilidad del sueño lo vi llegar. Estaba a un metro. Levantó el filo
del espejo hacia mi frente. Todas sus arrugas se empezaron a mover como si
fueran gusanos, corrieron en marea hacia la mano que sujetaba el puente.
Su
rostro limpio se llenó de mi retrato, y los gusanos empezaron a cruzar.
En
todos estos años ninguno de ellos había llegado a la frontera de mi piel.
Siempre los gritos descorrían el telón y despertaba en el escenario de mi
cuarto. Sin embargo, esta vez, al levantarme de la cama, el brillo de su bastón
iluminó la jauría de arrugas que reptaban por mí cuerpo.
Escrito de Daniel Poggio del libro "Espejo de mis dedos"
Siempre esa prosa poética que más que palabras son disparadores para irte a otros mundos. Es excepcional!!! Debere revisar si la piel es verdaderamente una frontera o no
ResponderBorrarGracias dari. ¿y el sueño qué será?
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