Llegué sin entender por
qué me llevaban allí. Lo primero que me llamó la atención fueron las luces y
sombras del lugar. La sensación de que en los diferentes rincones de la salita la
luz abría puertas a pasillos interminables. Caminaba con temor desfigurando la
simetría de los rayos. Siempre con mi sensación de peligro, de muerte
acechando. Sin embargo los pasillos no aparecían y sólo nacían cuerpos de otros
niños, algunos asustados, otros alegres y varios investigando la nueva salita
de jardín, llamada “el bosque”.
Mis padres ya se habían
ido. Pensaron que estaba tranquilo, bien. No comprendieron que el asombro había
ocultado mis temores. Esperaba que no saltaran mis miedos en cualquier momento.
El ancla de mis tutores ya no estaba. Para bien o para mal me las tenía que
arreglar, para lanzarme a llorar sin parar o para dejarme llevar por la palabra
y la charla.
Primero caminé por todos
lados eludiendo la luz que me provocaba temor, a pesar de no encontrar los
pasillos que me llevaran a lugares oscuros de la sala sentí una extraña
sensación en las volutas de polvo que caían en los rayos del sol. Levantaba mis
manos y ellas desaparecían como si nunca hubieran existido. Las sombras corrían
las paredes y los rostros de mis compañeros cambiaban, ¿dónde me encontraba?,
¿sería una prueba para crecer fuertes y sin miedo? Un presentimiento extraño
crecía en medio de aquel baile de sombras y pasillos. Como un murmullo sordo
vestido de ropas sombrías jugaba con mis temores ahí en el altillo de los
pensamientos.
Sentados ya a las mesitas,
rodeados de galletitas y chocolatada los miedos se esfumaron y las risas y
aromas me fueron relajando. Amanecieron colores, juguetes, risas. Sin embargo
algo estaba roto. La danza seguía abriendo puertas a nuevos lugares ¿Así sería
el afuera de mi hogar?, ¿ningún espacio concreto terminaba allí?
Mientras jugábamos observé
las miradas extrañadas de los otros niños cuando me dirigía a las paredes y las
tocaba. Buscaba esas fronteras que mis ojos me habían mostrado. Pero la pared
naranja, esa era mi salita “naranja”, estaba dura y fría. Era contradictorio,
ese color además de gustarme siempre me sonó caluroso, abrazador como sol del
fondo de mi casa. Pero en la sala era un sol mentiroso. Una compañerita le pegó
una patada a la pared, me miró y me dijo – ¡recién estaba abierta la puerta!,
¿vos también la viste? – me dijo agarrándose el pie que aún le dolía. La miré
asombrado de su pregunta y de compartir las mismas deformaciones del espacio de
la salita. – ¡No! Es que es oscura esta parte, te habrá parecido. – le contesté
asustado, sin mirarla y tocando la áspera pared que se parecía tanto a mi
temor. –No, no es oscura. Hay algunas sombras pero… ¡no me mientas!, vos viste la puerta que se
abría hacia el pasillo. Me di cuenta porque viniste directo. Sino no hubieras
dejado la chocolatada-. Ella sí me miraba directo a los ojos, me increpaba para
que me juegue. Recién ahora me doy cuenta, después de tantos años comprendo el
momento evaporado por mi cobardía. – No pibita, vine a tocar la pared porque me
gusta el color naranja, nada más-. Me di vuelta y me fui a terminar mi chocolatada.
Tomé, tomé sin mover mis ojos del vaso. Quería que la leche con chocolate no se
terminara más, no quería levantar la mirada y verla observándome y exponiendo
mi miedo.
Terminé el vaso completo,
ni una gota quedó en el fondo. Me puse a comer un bizcochuelo con dulce de
leche que me encantó. La panza me llevó a otros lugares, tuve que luchar para
lograr más de un pedazo. La contienda me había liberado de las sombras, el
salvaje en busca de comida se llenó de luchas y de risas. Casi me sentía uno
más. La señorita Sofía comenzó a cantar acompañada de un ukelele, en ese
momento no conocía ese instrumento, para mí era una guitarra pequeña. Esos sonidos
tan alegres comenzaron a angustiarme. En mi mente se me aparecía la cara de la
nena peleadora de hace un rato. Giré levemente mi rostro para poder observarla
y que no se notara. Y fue allí donde miles de puertas se abrieron. Como si las
sombras bailaran al compás de la música… el volumen del ukelele creció pero
dentro de mi cabeza. El fondo de la salita se llenó de pasillos y la pared
naranja se veía apenas en el fondo. Parecía un crepúsculo. Un crepúsculo sin ella, sin la niña que me peleó.
De golpe la canción cambió y todos comenzaron a correr por la sala. La seño
corría con su ukelele, los niños gritaban de alegría. No se daban cuenta que
cerraban muchas puertas, que rompían los rayos creadores de espacios, pasillos.
Caminé buscándola, a veces me parecía ver su mirada. Esa con la que me enfrentó
a mis miedos y expuso mi cobardía. Rebotaban sus pupilas entre los rayos, se
disfrazaba de sol, en algunos casos aparecía en el crepúsculo de la pared
naranja del fondo. La señorita me preguntaba por qué lloraba. Me abrazó y yo…
no podía decir nada. No me salían las palabras, sombras nacían de mis labios.
Ese día me fui pidiendo no
volver. Obviamente volví. En realidad creo que nunca más salí de allí.
Sombras y rayos acompañan
mi camino. Crepúsculos naranjas con ojos de lo perdido aparecen entre los
recovecos del sol o del plenilunio. A veces hasta entre las luces de las lamparitas
artificiales y frías rebotan las miradas de esa pequeña. Esa mirada fue
creciendo a la par de mis años. A veces tiene nombre, Candela o Delia, otras
simplemente la llamo con verbos: ven, acércate, aparece. Sin embargo las
paredes siguen vacías, ni siquiera palabras que me contesten dónde te fuiste,
si estás bien, que quiero salir de la salita…decirte la verdad, vi las puertas y
sin darme cuenta se cerraron.
En algunos momentos en las
planicies de la noche, donde el sueño recién se posa en mi cabeza, veo una mano
brillar en la pared… no me llama, solamente acaricia la puerta invitándome a
salir del “Bosque”.
Daniel Poggio
Comentarios
Publicar un comentario