Me
encontraba sentado en la plaza, haciendo tiempo antes de volver al trabajo.
Observaba un grupo de personas realizando ejercicios de yoga. Las palabras que
decía el profesor me ayudaban a descansar la mente, de abstraerme de la reunión
dura que tendría con mi jefe al terminar mi descanso. Me apoyé contra un
hermoso jacarandá que intentaba florecer. Lo observé desde abajo. Sentado a sus
pies el tronco parecía cubrirlo todo, sostener el cielo y dibujar sus nubes.
Las palabras del profesor dirigiendo la armonización se mezclaban con lo que me
producía la majestuosidad del árbol: “sentimos
nuestro tronco crecer hasta abarcarlo todo. Asciende más allá de nuestro
cuerpo, más allá de esta plaza” cierro los ojos y la voz crece en mi interior,
también sus palabras: “nuestra mente se
llena de hojas y nuestras manos son ramas que sostienen nuestros deseos” el sonido de una bocina me desconectó de
la voz de mi árbol. Al observar nuevamente al grupo comencé a mirar a los
participantes. Todos sentados derechos, con los ojos cerrados y con las manos
apoyadas sobre el césped y no sé de qué manera pero pude darme cuenta que del
grupo de siete, cinco estaban conectado con el latido de las raíces de mi árbol
que llegaban invisibles debajo de ellos. Sus pechos crecían y se llenaban de
sonrisas internas, creaban su propio cielo. Eran parte del parque, como si las
flores bebieran de la saliva de sus palabras mudas y brotaran de sus pupilas
cerradas pero repletas de imágenes. Sin embargo había dos participantes que
rompían la danza ecológica que se había creado. Tensos como piedras del camino
se les notaba los ojos alocados moverse detrás de los párpados. Cada tanto los
abrían observando nerviosamente a cada uno de los participantes del grupo y
entre ellos dos se tensaban espinas que viajaban veloces. Volvían a cerrar la
mirada pero sus cuerpos hablaban más que las palabras. Veía el pasto a su
alrededor erecto, como si no se dejaran descansar a la espera de algo
peligroso. Los pájaros se silenciaron y la plaza comenzó a gritarme con su
silencio el peligro naciente. Uno de ellos tenía una barba recortada, bien
cuidada. Brazos musculosos, tatuado. Su mirada dura no parecía en los cabales,
no pertenecía a ese grupo fusionado con la plaza, él se encontraba con otro
objetivo y a punto de estallar como una fuente sin control. Miles de preguntas
volaron por mi cabeza y me llevaron a observar al otro muchacho más joven,
desgarbado y con gesto de cansancio, también tatuado pero con un temor
desbordante que le hacía temblar las manos apoyadas en el césped. Había una
lucha entre ambos, algo que se debía ocultar en ese grupo o de ese grupo ¿Cómo
habían llegado allí? Si se notaba que no pertenecían a esa cofradía. Un viento
fuerte dispersó los gritos que querían amanecer en mi boca. El cielo se nubló
bruscamente adelantando la tormenta que se estaba por largar en ese ecosistema
humano. El principal del grupo, creo que el profesor de yoga, se levantó
tranquilamente sin darse cuenta de la otra tormenta que se estaba gestando a su
lado. Hablaron entre ellos, palabras que se llevó el viento, y entre las
oleadas de saludos nuevamente observé la mirada de ambas piedras en medio del
cielo humano que se desplegaba frente a mí. La mayoría se quedó charlando pero
los dos extraños al grupo partieron. Hacia lugares diferentes. El musculoso con
la mirada dura y perdida al frente, cada tanto mirando inquisitivamente al otro
ser roca que se iba también tenso pero desarmándose. Él roca pequeña,
descolorida, despeinado y flaco, observando con temor y a la defensiva a todos.
Incluso a mí me regaló una lágrima al pasar a mi lado, me señaló el árbol y me
dijo: “váyase pronto, hoy va granizar y
las piedras van a romper las primeras flores del Jacarandá.” Y desapareció
detrás de la cortina de agua que caía sobre mi rostro.
Daniel Poggio
Noviembre 2023
SIempre conectado al mundo de los árboles... Exquisito, disfrutable, impecable
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