Comenzó la mañana con el mate como
centro de mesa. Me llamó la atención sus colores llamativos y abstractos. Enseguida
llegaron a mi recuerdo la escena de ese momento especial donde formaba parte de
un regalo para mí. El peso del día se suavizó al tocarlo y dejarme llevar por
su tacto, sabiendo que en pocos minutos estaría calentito, dándole vida a los
colores. Arcoíris de comienzo luego de una noche espesa, pesada. Como las
últimas lunas en las que el sueño llega a pedradas. Sin embargo este objeto tan
simple con su cavidad pequeñamente profunda, donde la yerba se deja humedecer
lentamente como una conversación importante, amena. Veo la colorida madera, me
dejo pensar en sus formas geométricas, en los pensamientos de mi hermana al pintarlo,
¿qué tamiz de su cabeza transformó idea en verde, en anaranjado, en
celeste? Mientras la pava se acerca a su
calor exacto, sin hervir. Ahora sí los colores se llenan de vida al sentir el
humo de mi lenguaje táctil. El agua inunda la yerba, descorre los restos de
modorra impregnados aún a mi cien. La bombilla deja correr el agua caliente y
despierta las palabras ocultas debajo de mi lengua.
Siempre el mate fue una especie de
talismán mañanero, un objeto mágico que producía esa unidad entre mente y
huesos. Esa sensación de unidad corporal me lo daba sólo esa infusión
cotidiana. Por distintos motivos me ha sucedido amanecer sin el abrazo del mate
y puedo jurar que el día ha sido totalmente distinto, con la sensación de estar
desnudo. Una especie de droga mental que no se condiciona sólo con el elemento
líquido sino con la necesidad de objeto acompañado. Muchas veces me he
encontrado con el agua fría y la yerba lavada o con compañeros que cebaban
horrible el mate, igualmente lo quería. Era algo más que el brebaje. Aunque uno
esté tomando solo se siente en compañía, en medio de una charla íntima.
Levanté el mate, observé sus colores,
nuevamente le dediqué unas palabras. Mientras lo tomaba me dejé mirar por la
pupila verde. Me dejé conversar por su boca húmeda y tibia y reflexioné sobre
lo que haría ese día. Saqué una hoja, organicé las acciones de mi trabajo,
también tenía cita con el médico. Ahh, el mate me recordó que tenía que llamar
a mi hija, que la magnolia debía ser trasplantada y que riegue el limonero en
este octubre sofocante. Me animé a preguntarle antes que se enfríe y dejara de
lado esta charla: “cumpa, ¿cómo reencarnás en distintos cuerpos? Mirá que se me
ha roto tu madera, tu base y te he tirado a la basura. Te compré en distintos
lados, hasta en supermercados chinos. Sin embargo tu aroma, tu tibieza y
palabras disfrazadas de humo fueron las mismas. Cambiabas de ropa pero no de
alma. Recuerdo que cuando me fui a vivir solo mi padre me regaló un mate. ¡Qué
especial que fue para mí! Conversaba con vos en la nueva soledad de mi diminuto
departamento de soltero. Como un preámbulo te rompiste antes que mi viejo
parta. ¿Cómo sería ahora en una casa grande y casado con mi compañera de vida?, ¿cómo serás con
cuerpo de palo santo, de chapa y yo huérfano? Nada. Fuiste siempre el mismo. Me
abrazaste de diferentes maneras pero siempre vos, mi matecito. Ahora que te tengo vestido de obra de arte de manos de
mi propia hermana no temo a que te rompas, sé que no mueres y serás herencia de
alguno de mis hijos. Un dios que me acompaña sin discursos.”
Dejé en el medio de la mesa mi
talismán, mi compañero, mi mate y partí, ya no estaba solo.
Qué regreso excelente! Delicioso, ameno y profundo, como la mayoría de tus escritos! Un placer leerte, como siempre.
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