El sauce guardián









La luna se recorta entre las ramas del sauce,

árbol guardián de la calle y de la noche

La hojarasca tiembla entre los murmullos de la savia

grita con los gestos del viento y muestra su lengua,

oscura de asfalto y de recuerdos eternos.

Siempre, al salir de mi casa me enfrenta, me saluda

en las noches me llama con sus luces y reflejos,

¿cómo logra el plenilunio impregnar sus frutos nocturnos?,

¿las estrellas eligen su cumbre para descansar?

Esquina del sauce, aunque sin el apellido de llorón,

sin el peso de lágrimas sedientas resbalando sobre su tronco.

Parece tener brillo propio e iluminar la vereda con importancia,

amenazar a los autos que intentan romper el silencio de sus hojas.

A pocos metros se encuentra la puerta de la vecina Ana.

No comprende al estoico recopilador de reflejos que la observa,

no siente el vibrar de los dedos escondido debajo de la tierra.

Ana gesticula, protesta, teme, pero nunca lo observa.

Él se sacude acariciando las estrellas trepadas a su melena.

El barrio creció en estos veinte años de mirarte,

de admirarte brillando, acaparador de cielo.

Los ruidos se multiplicaron, las piernas deformaron tus escritos,

esas palabras en el suelo repletas de colores otoñales.

Sin embargo seguiste brillando, secuestrando a la luna,

enredándote de estrellas, de luces, de ilusiones.

Por lo menos eso siento al partir en las noches

protegiendo la nada con sonrisas me despides majestuoso

me llamas dándole importancia al espacio que ocupamos.

Uno camina desbastando el aire, empujando el tiempo,

pero tú me recitas en silencio las historias de nuestro espacio barrial.

Veo a los vecinos caminar debajo de tu amparo y todo cambia.

Me pregunto por sus alegrías, sus penas, quiero conocer el andar de sus pies

lo intento en charlas cotidianas y siento tu sombra acompañar mi lenguaje.

Recuerdo un fin de año de cohetes y vecinos abrazados en la vereda.

Me senté apoyado a tu tronco y un escalofrío me levantó los ojos,

ahí nuevamente la luna y las estrellas condecoraban tu protección.

Estabas alegre, yo sentía tus raíces acompasando mi agitado palpitar.

Pero fue una mañana en que me enseñaste tu magia, tu poder.

Anita había decidido construir un piso más en su casa, para su hijo.

Ibas a perder cielo, luna, en lugar de estrellas ladrillos lastimando tu cordura.

Me fui a trabajar y lloré y me enfadé hora tras hora pensándote contra un muro.

No, no fue así. Nuevamente me enseñaste tu estirpe y la magia de la poesía.

A las doce de la noche con el pretexto de cargar nafta salí a verte luchar.

Estabas arriba del muro. Seguías siendo el portador del ojo estelar,

las estrellas seguían siendo frutos de tus ramas

florecías sueños en mis ojos, en mi esperanza.

Juro que en la mañana estabas derrotado llorando cemento como planta de balcón,

ahora el muro se rendía a tus pies y pedía ser parte de tu escenario, de tu esquina.

Cierro los ojos muchas veces al salir de mi hogar. Al abrirlos me respondes con tu verdad.

No necesitas más que tu imagen para hacerme parte de este barrio y de su historia.

Me siento tironeado por tus raíces y crepitar con el fuego de tus hojas memoriosas.

Eres más que esquina mi sauce, eres compañero, memoria y alegría de estar vivo.

 

Daniel Poggio

Diciembre 2023

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