Me despertó la narración de un cuento japonés
cuando el lucero ya sonreía hace rato.
Venía del cuarto de mi hijo mayor,
lentamente observé la radio dialogando con tu voz
y el niño durazno jugando en las sombras.
Busqué una respuesta física,
sólo encontré el dial del pequeño equipo.
No pude pensar la respuesta,
mis oídos no me dejaban,
tus palabras lo abarcaban todo
dibujaban sonrisas mudas entre los poros del parlante,
una de ellas sobrevoló frente a mi rostro,
me regaló el aroma de viejos mates repletos de charlas,
comentarios de vida, proyectos que aún parecen vivos.
Traje, sillas y cebando historias lejanas,
lugares que no pisaste se llenaron de vida
al renacer en tus palabras profundas y simples.
Las letras comenzaron a desordenarse,
me abrazaste en italiano, cantaste en portugués,
saludaste en japonés, me nombraste en guaraní...
y te fuiste dejándome la herencia de los caminos de papel,
de naufragios de tinta buscando balsas de poesías
de noches sin estrellas iluminadas por la luna de las letras,
letras de barro reflejando desde abajo el silencio olvidado.
La radio se apagó con el adiós del locutor
y con la nostalgia de todo lo que no hablamos antes de ser recuerdo.
Sin embargo, te quedaste vestido de mundo... ahora a caminarte
Daniel Poggio

Sublime. Se me pianto un lagrimon
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