Llegamos junto a mis
dos hermanas a nuestra antigua casa. Esa que nos cobijó cuando las sonrisas
abrían ventanas y las lágrimas humedecían sótanos. Ahí, nuevamente después de
tantos años los tres. Nuestras visitas al viejo nunca se dieron con todos juntos.
El departamento era pequeño y mi viejo prefería venir a nuestras casas. Los
tres vivimos en las afueras de la ciudad, con bastante lugar en nuestros
hogares.
Observamos los restos
de la infancia escondidos en los rincones. Miramos la mesa vacía y nos sentamos
para destruir tanta ausencia. Recuerdos, risas atragantadas de llanto, habíamos
ido a vaciar la angustia, nos llevaríamos un poco de recuerdo cada uno y el
monasterio, que era nuestro antiguo hogar, se vendería, lo más pronto que
pudiéramos. Ya nos habíamos ido hace rato y ahora él tampoco condimentaba ese
espacio.
Me llevé tres cajas
de libros, fue lo único que quise para conversar en silencio con su pensar,
para preguntarle a sus escritores preferidos. Al llegar a mi casa preparé unos
mates, ritual con mi viejo para abrazarnos las charlas, y comencé a revisar los
libros, sus libros. Ahí fue cuando llegué al último de ellos, diccionario de
inglés, no me interesaba lo más mínimo. Sin embargo, recordaba su portada
porque mi viejo siempre guardaba allí sus sueldos, pero esta vez allí escondido
en la solapa de la tapa del libro no encontré dinero, había dos hojas guardadas
dentro de un sobre. Se escondían para abrir una nueva novela en mi vida.
Escrita a máquina, típico de mi padre, tenía más de tres y lo recuerdo de
pequeño con ese sonido de letras marchando. Abrí la carta y el mundo cambió.
Buenos Aires 3 de
septiembre de 2024
“Querida mía, amiga
nuestra, te escribo un poco por temor y otra por precaución. Por temor, ya que
en cinco días me voy a operar del corazón y es una batalla difícil a mis 82
años. Por precaución, porque si estiro la pata no me gustaría que un pecado tan
terrible se supiera. Después de tantos años de ocultamiento querría que mi
tumba siguiera limpia. Sería difícil que mis hijos entiendan los hechos, que
comprendan tu hermandad con Laura y por qué su madre y su padre junto a tí
fueron parte de un triángulo de muerte. En caso de que el bisturí sea mi última
estación lo sabrás. No habrá mensajes míos; los verás a mis polluelos llorando
por mi casa. Por favor en ese caso quemá todo. Por tu protección también. Si yo
parto nuestras palabras, la de su madre y la mía, no estarán para explicar lo
terrible, lo nefasto que era ese ser. Que era él o nosotros. Nunca nos animamos
a enfrentar a nuestros peques con esa mancha que igualmente yo volvería a
cometer. No me arrepiento. Era él o nosotros. Siempre vivimos con ese miedo a
que se descubra pero el destino nos comprendió, o dios como decías vos. Pero
temo ver sus rostros si abren el baúl del sótano. Nunca les importó ese sótano
pero ahí guardé las pruebas por si algún día aparecía algo y ahora no
puedo. Desde que se enteraron siempre hay alguno conmigo. Mi temor es que
alguno de sus secuaces aparezca. No creo ya después de tanto. Por eso no
entiendo por qué no lo hice antes pero bue, ahora se me vino la vejez encima y
me operan de urgencia el jueves 8.
No te preocupes, voy
a estar bien y en el peor de los casos estaré con la Chachi que la verdad que
cada vez la extraño más. Le mandaré abrazos tuyos. No importa ya pero lo que sí
quiero es que mis peques no sufran con este pasado tan terrible ni que sea una
mochila en sus cabezas. Además quedarías sola con todo. Quemá todo por favor.
Si no me voy para el otro lado te llamo enseguida.
Con
esperanza y tranquilo de lo sucedido te mando un abrazo
Alberto
Crespo
El mate se me volcó
en la mesa y el espanto también. Estaba fechada el día en que le agarró el
ataque.

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