Todo comenzó esa mañana cuando me
llevaron al médico. Mi madre había insistido en que ya estaba cerca de los
catorce años y debía estar empezando a cambiar hormonalmente mi cuerpo. Que me
veía más grande, corpulento y se reía y me cargaba por mis primeros pelos en
las axilas. Yo no entendía qué significaba ese tema del cambio hormonal, lo que
sí me pasaba era que estaba durmiendo mal. Con sueños extraños que me dejaban
nervioso. Tal vez eso estaba viendo mi madre al hablar de los cambios, estaba
hecho un estúpido y de mal humor bastante seguido. Mis sueños eran confusos y
oscuros. Se mezclaban rostros que conocía con números, paisajes, calles,
gritos, llantos, risas. Sin embargo, esa mañana, más dormido que nunca, algo
extraño me sucedió en la visita al médico. Al entrar al consultorio el doctor
me recibió con una sonrisa que me puso nervioso, como si me conociera y se
estuviera riendo de algo que yo no entendía. Me acosté en la camilla y me
observó sin dejar de sonreír y apoyando la palma de su mano en mi frente me
dijo: “Buenos días, mi nombre es Eliseo y por lo que me dijo tu madre hay un
huracán despertando en vos.” Recuerdo el peso de
su mano en mi frente, como si su palma fuera gigantesca y, a la vez,
sorprendido por esa frase extraña, ¿qué quería decir que tenía un huracán adentro?
Lamentablemente no le di importancia.
Antes de levantarme de la camilla volvió a apoyar su mano sobre mi frente y sentí por primera vez un fuego en mis ojos y la necesidad de cerrarlos, un gran peso en mis párpados. Todo comenzó a girar y en medio del torbellino unas imágenes aparecieron en la oscuridad de mi interior, “mi madre, muy concentrada observando cómo me revisaba el médico, no se dio cuenta de que las patas de la silla de plástico poco a poco se fueron abriendo hasta partirse. Con un fuerte ruido terminó en el suelo y largó una gran carcajada que siempre me dio un poco de vergüenza por lo estruendosa que era.” Todo había sido tan real que abrí mis ojos para ver a mi madre con la idea absurda de ayudarla, ¿cómo podía pensar que sucedería ese casi sueño que tuve? Tardé unos segundos en comprender, cuando me senté en la camilla para hablar de lo que vi, en ese mismo momento pude ver como las patas de la silla donde se sentaba mi madre se abrieron, a los pocos segundos ya en el piso, copiando mi sueño, el cierre estruendoso de la carcajada de mi madre. Esa fue la primera vez, aunque no lo había entendido aún, en que descubrí lo terrible de mi poder. Me fui del consultorio con miedo, en silencio y con un peso extraño en mis ojos. Al darme vuelta para decirle algo a Eliseo, no sé bien qué, pero tenía la necesidad de hablarle, de preguntarle… sólo vi la luz de la ventana irse tras su espalda al cerrar la puerta y mi madre tironeando para irnos.
A la semana de este hecho con mi madre como protagonista, me encontraba en mi cuarto riéndome de lo sucedido y tratando de buscar alguna respuesta casual cuando sentí nuevamente el peso en mis párpados y un zumbido, como un viento haciéndome girar en la oscuridad. Ahí sucedió nuevamente, “me encontraba frente a la radio que siempre está prendida en la cocina de mi casa, en ella el locutor daba los números de la quiniela. El número ganador fue el 1764.” Al abrir los ojos corrí hacia la puerta, para gritarle a mi padre que debíamos ir a la casa de la quiniela que quedaba a la vuelta. Lo de mi madre lo había pensado como una casualidad de la vida, sin embargo, mi inconsciente me hizo correr hacia mi padre gritando sin parar y pensando en que era real mi premonición. Mi padre se preocupó y vino corriendo hacia la cocina donde yo me encontraba. Antes de llegar a contarle me quedé mudo oyendo al locutor de la radio dando el número ganador de la lotería nocturna, obviamente era el 1764.
Mi cuerpo no fue cambiando mucho como
decía mi madre. Era el más pequeño de mi curso, tímido y temeroso. Con pocos
amigos, más desde el día en que nadie entendió cómo lo sabía, pero entré al
curso cuando volvía del recreo gritando que la de matemáticas tomaría un examen
sorpresa. Obviamente a los treinta segundos entró la profesora dando la noticia
que me catapultó como persona yeta entre los compañeros del curso.
Durante el primer año de mi poder se
sucedieron los hechos sin encontrar una estructura de tiempo. A veces ocurría
una vez por mes, como cuando me levanté de la silla en medio del partido de
Ferro diciéndole a mi viejo “¡otra vez un penal!”. Luego de insultarme escuchó
el silbato y me miró asustado. Prefirió callarse y no preguntarme nada. Nunca
más volvió a ver un partido conmigo ni a invitarme a la cancha.
En otras ocasiones pasaban dos o tres
meses sin ninguna imagen futurista. Es verdad que a veces trataba de no darle
importancia a los golpes y giros sobre mis párpados o algunas extrañas imágenes
que me golpeaban repentinamente. Me asustaba ese poder y no me animaba a
hablarlo con nadie. Luego de lo que había sucedido con los compañeros de mi
curso y con mi padre, comprendí lo terrible de predecir lo que sucedería en
treinta segundos. Divertido, pero totalmente inútil y, con el paso del tiempo
descubriría, trágico.
Las hormonas no se concentraron en mi
cuerpo que continuó siendo enjuto, pero sí en mi poder que se volvió oscuro,
explosivo y terrible. El día de mi cumpleaños de quince al cerrar los ojos para
pensar en los tres deseos, ¡te vi Juana en medio de las vueltas y oscuridad de
mis ojos, te vi golpeando la puerta rodeada de fuego y gritando! Nadie me
entendió cuando abrí los ojos sin soplar las velas, llorando y gritando tu
nombre. Me comí algunas cargadas al principio, pensaron que era una noviecita
que no vino. “Que no es para tanto.” “Después la llamás”. Mi padre, asustado me
abrazó y me escuchó y sin mirar a los demás invitados, le grité, “¡es inútil ya
está todo quemado!” le dije llorando desesperado. Mi viejo, luego de lo
sucedido con el partido y otras cosas menores que evitó preguntar, me abrazó
fuerte nuevamente. Cómo si me comprendiera en medio de su desconcierto.
Llorando le dije Pedriel 422, no me dijo nada, se levantó y salió hacia la
dirección que le di. A su vuelta lloramos juntos, luego me miró fijo y me pidió
que le contara todo. Entre llantos y vergüenza y también bronca le detallé todo
desde la visita al médico. Le aclaré que mamá no sabía nada y que temía que si
les contaba me tomaran por loco o algo así. Estaba asustado. “¡Entendés viejo…
esos treinta segundos de adelanto en el futuro son inútiles y tormentosos!”
Ahora ya no estaba solo, pero ambos seguíamos
con la soledad de la ignorancia. Me prometió averiguar, investigar. Pobre… yo
ya sabía que no lograría nada. Después de dos años de haber descubierto mi
inútil poder, ya nada esperaba. Sería muy largo contar los extraños lugares a
donde acudí para poder entender. Recuerdo haber escapado de un hospital por
correr riesgo de quedar internado en observación psiquiátrica. No quería que
mis padres sufrieran ni que yo terminara en un loquero por su ayuda.
En los días posteriores de haberle
contado a mi padre mis pequeños huecos de futuro tenía mucho temor al peso de
mis párpados, al zumbido de ese viento terrible, a ese pedazo de tiempo
adelantado que se reía de mí. No sé de qué servía, me preguntaba en voz alta,
como si alguien de algún lado pudiera contestarme, como si existiera algún dios
que me explicara. ¿Cuál era el objetivo de estos destellos de futuro?, ¿por qué
yo?, ¿el destino está escrito?, ¿era un error del sistema?
Mi padre investigó sin contarme. Lo veía mirarme de forma extraña. Con miedo, tristeza y hasta a veces con ternura. Pero luego que le pedí no hablar más de lo sucedido ya que no había más destellos de futuro, (una pequeña mentira para que no sufriera más. ¿De qué serviría su deterioro psíquico si no conseguiría respuesta?). Él tampoco se animó a hablarlo con mi madre al igual que yo. Nunca entenderé bien por qué.
Intenté manejar a mi provecho esos
huecos de tiempo. En los exámenes cerraba los ojos para poder entrever los
ejercicios o respuestas. No. Las imágenes no me venían a mi gusto.
Luego de lo de Juana hubo casi dos
meses sin premoniciones, sólo alguna cosa sin importancia, mirar algún amigo
sabiendo su pregunta; el resultado de algún partido; pero ya me había
acostumbrado y casi eran naturales. Una leve sonrisa me recordaba ese
privilegio. Por suerte a los tres meses tuve en una semana dos adelantamientos
de la vida que me regalaron una bella alegría. Entre la oscuridad de mis
párpados, en medio del subte, amanecieron unos ojos verdes pidiéndome ayuda con
una dirección. Me costó responder. Que aparecieran como un destello de mi poder
significaba algo. Justo iba al mismo recital. Terminamos siendo varios entre
sus amigos y los míos. Esta vez el destello de futuro me ayudó a mi timidez. La
oscuridad del local me mostró sus ojos en mi espalda sonriéndome de una forma
especial. Tal vez si los hubiera visto en directo me hubiera perdido la
necesidad de hablarle, de acompañarla. Pero esos treinta segundos antes me lo
regalaron y lo comprendí. Había como un mensaje difícil de explicar, la imagen
había sido con un aura especial en su mirar, un palpitar me dijo que ahí estaba
una persona especial y me animé.
Fue algo muy bello que duró lo que debía
y significó una huella hacia mi adultez, aunque esa marca se cerró nuevamente
conociendo el final. Escuchando el timbre y sabiendo sus palabras, su
despedida. Ella me miró incómoda ante mi silencio y veía mi rostro resignado:
“ya está Ambar. No digas más. Tengo tu discurso aquí”, le dije señalando mis
párpados, “ya está.”
A pesar del desamor los días se fueron
limpiando de a poco y el peso de mis ojos me dio una tregua y solamente me
arruinaba alguna película o algún partido. Las cosas empezaron a salir bien y
comencé a jugar con mi poder cuando aparecía. Me acostumbré a sentir el fuego
antes de llegar a mis pupilas, cinco segundos antes, pero suficientes para
adelantarme y concentrarme en lo que vería y tratar de manejarlo luego. Mi
cerebro se volvió rápido y ya no me sorprendía esa incongruencia futurista.
Como fotógrafo de revista, profesión que fui amando cada vez más, pude también
jugar con mis treinta segundos de gracia ya que en tres o cuatro oportunidades
pude sacar la foto que nadie esperaba; el desmayo, los golpes policiales, el
derrumbe. Mi jefe me felicitó en cada caso y logré avanzar en mi profesión,
comencé a recibir una buena paga. Aproveché y pedí en la revista pasar a la
parte de cultura. Quería ser fotógrafo de espectáculos musicales. Amaba la
música y tendría la oportunidad de entrar gratuitamente a muchos recitales. Me costó,
pero lo logré. Luego de dos Vélez y un River. Recitales internacionales en
donde logré sacar las mejores fotos y contactos con grandes artistas.
A finales de ese año, más exactamente
el 4 de diciembre de 2004, asistí a la cancha que se encuentra en Parque
Patricios para cubrir el recital de La Renga: “El ojo del huracán”. Así se
llamaría el espectáculo que sería filmado en forma de documental. Me dio impresión
cuando mi jefe me dijo el nombre del recital. Inmediatamente recordé la sonrisa
de Eliseo, la frase donde todo comenzó todo. También apareció el recuerdo de
mi padre que así era como me llamaba riéndose de mí, ya sin buscar respuestas a
mi poder, sólo recordando la anécdota del médico. “Cómo anda el ojo del
huracán.” Nunca entendí ni su risa ni su explicación. Me decía socarronamente que
allí, en el centro, se vuelve el tiempo circular y no hay ni pasado ni futuro.
“Como vos. jajaja.”
Justo ahora estaba ahí, en medio de un
descontrol de fuego, música, pogo, tratando de no ser absorbido por el
torbellino de gente que deliraba. Tendría que haber comprendido lo que gritaban
en la oscuridad mis ojos. En ese recital por primera vez tuve miedo. No sé bien
por qué. Ya había estado en los de los Redonditos de Ricota, en los de
Hermética, Divididos. ¿Qué me asustaba? Eran mis ojos que latían como si
tuviera un corazón dentro de cada uno. Eso me daba terror, ¿qué significaba?, ¿era
un mensaje de mis destellos?
Salí ileso del recital y temblando. Mis
ojos no me adelantaron nada, pero no pararon de zumbar y de arder. Luego
pasaron dos semanas tranquilas, sin mensajes del futuro. Sin embargo, seguían
latiendo mis ojos al despertar, al dormir.
Ese fin de diciembre llegué con un poco
de fiebre y con el pedido de mi jefe: “El jueves 30 cerrás el año en Cromañon.
Toca Callejeros y te quiero ahí. Es un recital chico pero importante. Cierre de
un año difícil.” Mientras mi jefe hablaba, la fiebre se había concentrado en
mis ojos. Traté de cambiar el evento con otro compañero, pero era un fin de año
con poco personal y mi jefe confiaba en mí. Era también importante para avanzar
en mi profesión.
Esa noche, nuevamente, mis ojos no paraban de latir y cada vez que los cerraba sentía el sonido del viento que se mezclaba con el griterío de la gente. Además, un gran círculo de fuego iluminaba el interior de mis párpados. Me concentré en el recital y en las fotos. En un momento de descontrol, música, cuerpos y transpiración, donde intentaba sacar las mejores fotos me encontré en el medio del pogo, rápidamente me corrí un poco, aunque no lo lograba y me sentía absorbido hacia el centro. En ese momento mis ojos se cerraron de golpe y no lograba abrirlos. Fue ahí que vi en mi interior fuego que llovía del cielo, sentí el calor desgarrando mis brazos. Me vi en el suelo quemado y pisoteado, la cámara aún en mi mano derecha destrozada al igual que mis dedos. Ahí comencé a dar codazos y golpes para alejarme. Me putearon y patearon ya que mi actitud era violenta y desesperada. Logré alejarme y detrás mío comencé a escuchar el estruendo y los gritos. Ya no eran de alegría y el fuego de mis párpados se volcó sobre todo el lugar. Seguí corriendo sin parar y pasé hacia la parte del escenario. Corrí buscando la salida, escuchando gritos, recibiendo empujones y golpes y recordando las imágenes que me había dado mi poder. La noche me devoró en medio del espanto. Sé que estaba en la calle llorando de miedo y espanto. Me miré las manos y los brazos. Estaban bien. ¡Al fin me había servido mi premonición! ¿Por qué todo se me oscurecía? ¿Dónde estaba? Me sentía caer en medio de la nada.
Desperté aún en la oscuridad, dolorido, asustado, pero ya no caía. Estaba en una cama y me di cuenta de que tenía un suero en el brazo. Parpadié varias veces para que la luz apareciera en mis ojos. Lentamente la luminosidad no aparecía, sólo veía sombras. Todo ese día fue así, las enfermeras me tranquilizaban y me decían que pronto vería, que el fuego había sido terrible y mis ojos de a poco volverían a ver. A la noche vendría el médico para verme nuevamente. La oscuridad siguió toda la tarde y al anochecer ya había escuchado todo lo sucedido, por mis padres y por muchos pibes que atestaban el hospital sin dar abasto. Me dio vergüenza pensar que utilicé mi poder sólo para salvarme yo. ¿Podría haber hecho algo más?, ¿podría haber logrado salvar a alguien o que no tiraran la bengala? La oscuridad, el miedo y las preguntas se agolparon cuando a la noche el silencio se apoderó de la habitación del hospital. No tenía ni visiones de futuro ni de presente, sólo el zumbido constante y la noche en mis pupilas. Me dormí aterrado y en medio de las sombras sentí pasos y alguien que hablaba con los que estábamos en esa habitación. Hablaba con la enfermera y preguntaba sobre sus estados de salud. Se acercaron los pasos a mi cama y sentí la palma de una mano en mi frente y una voz. “Hola soy Eliseo, médico del hospital. Estás bien, ya estás fuera del ojo del huracán.” Al quitar su mano el zumbido desapareció y mis ojos pudieron ver de a poco la espalda de Eliseo yéndose. Quise llamarlo, preguntar, pero no pude. La luz fue apoderándose de mis nuevos ojos, comencé a ver de a poco, la bruma se fue detrás de la espalda de Eliseo. Fue lo último que vi de ese médico, de ese comienzo y final. Lo busqué, sin embargo, nunca más lo encontré. Alguna vez intenté llamarlo sin éxito dentro de mi cabeza, no sé bien para qué. Para comprender si era mi dios o un simple mensajero. Recuerdo aquella importante final en la cancha repleta, antes de aquel penal. Te busqué entre la gente para que me adelantaras algo. También aquella vez a los pies de la cama de mi madre en el hospital, en esa despedida luego de la operación. Cerré los ojos buscando el fuego del tiempo, luego los abrí y te busqué entre los guardapolvos. Nada, ya no tendría el poder ni a Eliseo. Sólo mi padre me comprendió, me escuchó en silencio, me abrazó y no hizo preguntas ni nada. Me dijo: “a veces la vida nos sorprende hijo”.
La fotografía se convirtió en mi
refugio, miraba por ese ojo de la máquina tratando de retener pedazos de pasado
que se me escabullen de mi mente. Encontrar los hilos que nos manejan captando
las escenas más inverosímiles, menos pensadas. Encontrar al dramaturgo que me
regaló esas pequeñas escenas del futuro y que se ríe detrás del telón. Ese que
vació de sentido los papeles de mi actuación ¿Qué estará esperando que haga? ¿Cómo
romper con lo ya escrito? ¿Cuántos Eliseos habrá manejando los huracanes de
nuestras supuestas vidas?
Daniel Poggio
Noviembre 2024
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